El Único
José Vicente Ortuño
El supervisor Sánchez la miraba como si
estuviese viendo un espécimen de laboratorio especialmente repugnante. Era un
hombre robusto de rostro ancho y anguloso con una sola ceja negra que ensombrecía
sus ojos azules, capaces de fulminar al primer incauto que fuera capaz de
subestimarlo. Una espesa melena leonada de pelo gris, le caía sobre sus anchos
hombros. El conjunto le daba un aspecto muy amenazador, especialmente para sus
subordinados.
La doctora Verónica
Corona, especialista en arqueoingeniería de la Corporación de Comercio del
Imperio Galáctico, permanecía sentada frente a él erguida y muy seria. Su
cabello largo y negro, recogido en un moño, le hacía aparentar más edad de la
que realmente tenía y enmarcaba su cara ovalada de tez morena, en la que
resaltaban unos grandes ojos negros que reflejaban su carácter serio y una gran
inteligencia. Esperaba alguna reacción del supervisor al informe que le había enviado,
pero pasaban los segundos y la única reacción que veía era la mirada taladrante
y un ligero temblor en el labio superior, pero la arqueóloga no sabía discernir
su significado.
—¿Qué todavía no ha
averiguado nada? —dijo al fin el supervisor con los dientes apretados, por lo
que la frase sonó como un gruñido siseante— ¿Y además pide más tiempo? ¿Se ha
pensado usted que está aquí para malgastar el tiempo y el dinero de la
compañía?
—Supervisor —respondió
la doctora Corona—, ya le he dicho lo que he averiguado: El Gran Salón, como le
bautizaron sus hombres, tiene forma de pirámide, mide cien metros de alto por
ciento cincuenta y siete metros de base. El artefacto es una esfera plateada de
diez metros de diámetro que, de momento, descansa en el suelo justo bajo el
vértice.
—¿Pero sabe para qué
diablos sirve? —gruñó el supervisor.
La arqueóloga pensó que
el hombre no se había molestado en leer su informe, en caso contrario no la
escucharía repetir lo mismo que ya debía de haber leído. Algo más animada
continuó.
—Ya sabe que cuando los
prospectores hallaron la gran cámara piramidal, a doscientos metros de
profundidad, comprobaron que estaba rodeada de un laberinto de galerías que la
unen con casi un millar de estancias menores totalmente vacías.
La arqueóloga hizo un
alto para tomar aire y lo aprovechó para estudiar la expresión de su
interlocutor. Estaba cada vez más claro que el supervisor Sánchez no había
leído ni una sola palabra de los informes que le había enviado.
—Basándome en las
mediciones y cálculos que he realizado desde que llegué —continuó antes de que
el supervisor la interrumpiera—, creo que se trata de una especie de
laboratorio.
—¿Laboratorio de qué? —dijo
Sánchez.
—Lo ignoro todavía, pero
según parece es muy antiguo —continuó la arqueóloga—, entre treinta mil y cuarenta
mil años estándar, según mis cálculos.
—¿Ha encontrado más
artefactos? —preguntó el supervisor mostrando escaso interés por lo que le
estaba contando la arqueóloga.
—Desgraciadamente no,
supervisor —respondió la doctora Corona—, sólo la esfera.
El supervisor levantó un
índice amenazador, pero la arqueóloga se le adelantó:
—Pero sé lo que es.
—Me importan tres
rábanos klachianos lo que usted crea que es esa maldita máquina —ladró el
supervisor Sánchez—, lo que me importa es cuándo podremos comenzar a extraer el
mineral de esa condenada roca donde se encuentra.
—Ya sé que el valor arqueológico
no tiene importancia para la CorCom —respondió la doctora—, pero yo sugeriría
estudiarlo más a fondo, tal vez podamos activar la máquina de nuevo.
—¡Pero qué se ha creído
usted! —bramó el supervisor golpeando la mesa con ambas manos—. ¡El gerente del
sector me está pateando el culo todos los días pidiendo resultados!
—Pero las minas de
litiosita están produciendo —intervino la arqueóloga, intimidada, con un hilo
de voz.
—¡Al diablo las minas de
litiosita! —rugió el supervisor dando un puñetazo en la mesa y añadió luego bajando
la voz en tono amenazante—. El tiempo es dinero, el equipo es dinero, el
personal es dinero, incluso a usted se le paga; aunque no sé por qué. Si no hay
beneficios no hay nada —soltando un bufido exclamó—: ¡Esa roca está llena de la
tripiromagnitolita más pura que hemos encontrado en este sector! ¿Sabe usted lo
que eso significa?
—Sí supervisor... —inició
la doctora.
—¡No tiene usted ni idea
de lo que vale ese mineral! —la interrumpió cada vez más congestionado—. Si no
estuviésemos perdiendo el tiempo...
La
arqueóloga conocía al supervisor Sánchez desde que fue contratada por la
CorCom, habiendo coincidido con él en varias ocasiones, pero siempre la
sorprendía superándose a sí mismo con su tozudez y mal genio. Tenía que
conseguir algún tiempo más para estudiar la máquina o al menos conseguir que la
preservaran.
—
...de todos los demonios! —continuaba el supervisor con su perorata—. Voy a
darle una semana más, pero no piense que voy a permitir que siga jugando con
ese montón de chatarra y haciendo perder dinero eternamente a la CorCom.
—Gracias
supervisor —dijo la arqueóloga levantándose como impulsada por un muelle—,
vuelvo al trabajo. ¡Ah, por cierto! No se lo había terminado de decir, pero
creo que esa esfera en la pirámide es un ordenador.
El
supervisor se puso colorado y comenzó a levantarse lentamente. Verónica Corona
salió del despacho tan rápido como pudo, antes de que el supervisor alargase su
bronca por toda la eternidad. Se colocó el chaquetón y la máscara protectora y
salió del barracón de oficinas del campamento minero. En la puerta le esperaba
el vehículo terrestre que le habían asignado: un destartalado furgón impulsado
por energía solar que, a juzgar por el estado de la parte trasera,
probablemente había sido utilizado para llevar la basura del campamento antes
de prestárselo a ella. Bajo el sol abrasador que cocía el planeta, la arqueoingeniera
condujo el vehículo por el camino polvoriento, entre dunas y rocas erosionadas,
que unía el campamento minero con la explotación de litiosita. A mitad de
camino lo abandonó y siguió las rodadas que ella misma había ido dejando en sus
idas y venidas desde el campamento. Detuvo el vehículo a la entrada del
complejo de cavernas donde se encontraba la máquina. Sin detenerse entró y
activó la iluminación. Descendió por el laberinto de pasillos hasta los trescientos
metros bajo tierra, al nivel de la base de la pirámide. Afortunadamente contaba
con un pequeño vehículo eléctrico, apenas una carretilla de transporte, que le
ahorraba el esfuerzo de hacer a pie el largo camino hasta el Gran Salón, y muy
especialmente la dura subida desde las profundidades.
La cámara había sido
descubierta tres meses antes, durante una prospección en busca de minerales.
Era un planeta desierto en la periferia de la galaxia. La atmósfera era respirable,
aunque cargada de polvo en suspensión que les obligaba a llevar siempre
máscaras filtrantes en sus salidas al exterior, lo que, a pesar de todo, era
una ventaja para la compañía minera, ya que extraer mineral en una atmósfera
hostil requería una tremenda cantidad de recursos, más incluso que hacerlo en
el vacío. El planeta en sí mismo era una “inmensa bola de polvo” —como solían
decir los mineros espaciales—, tan desgastada por la erosión que prácticamente
carecía de relieve, pero su corteza contenía algunos elementos valiosos, los
suficientes para dedicar recursos materiales, humanos y no-humanos a
extraerlos. Pero lo más sorprendente fue el hallazgo de la antigua red de
cavernas, bajo lo que en tiempos remotos tuvo que ser una imponente cordillera,
y que, gracias a la erosión, se había visto reducida a pequeñas colinas rocosas
que apenas sobresalían entre las dunas.
Dentro de la caverna —por
llamar de alguna manera a aquel lugar—, la temperatura era bastante agradable,
por lo que la arqueóloga de despojó de su ropa de superficie y se puso un mono
blanco para trabajos de laboratorio. En pie frente a la mesa que contenía todo
su equipo —colocada junto a uno de los accesos a la sala—, observó durante un
rato la pantalla de su ordenador personal. Las lecturas de los sensores,
distribuidos por todo el complejo, mostraban indicios de algún tipo de energía,
pero no lograba localizar su procedencia.
Era la primera vez que
se encontraba con una máquina de miles de años de antigüedad. Si hubiese
trabajado para la administración imperial, posiblemente la caverna se
encontraría llena de vetustos científicos dándose codazos —y ella solamente trayéndoles
el café—, pero la CorCom sólo buscaba recursos rentables económicamente y los
descubrimientos científicos y arqueológicos quedaban en un segundo o tercer plano.
Si no podían ser explotados tal vez fuesen vendidos a algún museo u olvidados
en algún almacén. La doctora Corona era una de las más brillantes expertas en
arqueoingeniería de su generación, pero dada la ruda competencia que había
entre los científicos “oficiales”, la única manera de trabajar era para una
compañía independiente, aunque los descubrimientos quedasen como propiedad de
la empresa, recibiendo a duras penas el reconocimiento que debían. Pero a ella
eso no le importaba demasiado, todavía tenía mucha carrera por delante y,
mientras tanto, iba adquiriendo mucha experiencia y excelentes contactos.
Cogió su ordenador
portátil y fue repasando lo que ya sabía de la antigua máquina mientras paseaba
alrededor de la esfera metálica. La pantalla le fue mostrando series de medidas
y lecturas de sensores. Nada parecía tener sentido.
—¡Despierta máquina,
maldita seas! —le gritó la arqueóloga a la esfera metálica en un arranque de
ira.
El artefacto no
respondió, como era de esperar, aunque la arqueóloga tenía la sensación de que
el antiguo artefacto la podía oír. Si se trataba de un antiguo ordenador, como
ella pensaba, tendría que haber una forma de poder comunicarse con él. Súbitamente
un persistente picor de nariz le produjo ganas de estornudar y por reflejo
apartó la cara a un lado al hacerlo. Cuando se recuperó del potente estornudo,
que la había dejado un poco mareada, vio que había salpicaduras de saliva en la
superficie de la esfera metálica.
“Vaya, qué falta de
respeto —pensó la arqueóloga riendo—, tengo que limpiarlo”
Pero antes de poder
sacar un pañuelo del bolsillo, la esfera empezó a emitir un zumbido y, muy
lentamente, se fue elevando. Pasmada fue reculando conforme la esfera se alzaba,
hasta que tropezó con la mesa llena de instrumental. Más tarde Verónica Corona
agradeció que no hubiese nadie con ella en esos momentos, no hubiese podido
soportar que la viesen con la cara de idiota que puso cuando la esfera comenzó
a flotar. Al fin la antigua máquina quedó suspendida en el aire a quince metros
de altura. Inesperadamente un zumbido hizo vibrar el aire de la gran sala. La
arqueóloga, desconcertada, revisó las lecturas de los instrumentos en su
ordenador personal: nada había cambiado. El zumbido aumentó de volumen y varios
indicadores bailaron enloquecidos en la pantalla.
Súbitamente una voz
poderosa que provenía de la esfera atronó en la caverna. La arqueóloga no
comprendió el idioma, pero le pareció humano.
—¿Perdón? —dijo en voz
alta—. No comprendo lo que me dice.
Miró la pantalla del ordenador
que sostenía en sus manos. Alguien parecía estar accediendo a él. La doctora
Corona hacía saltar su miraba fascinada de la pantalla a la esfera, que comenzó
a emitir un tenue brillo multicolor que onduló sobre su superficie. La
arqueóloga sintió un cosquilleo por todo su cuerpo que la hizo estremecer. Unos
instantes después la voz sonó de nuevo.
—¡Mujer, póstrate ante
tu Dios!
—¿Qué? —dijo la
arqueóloga perpleja.
—Póstrate o serás
fulminada por la ira del Único —contestó la máquina.
—Perdón, no comprendo
bien —carraspeó—. ¿Has dicho dios? —interrogó confusa.
—No, mujer, he dicho:
“Dios” —asombrosamente pareció pronunciar la mayúscula y la palabra reverberó
en el aire durante unos instantes.
—Eres una máquina, un
ordenador, una máquina de calcular... —comenzó a decir la arqueóloga un poco
asustada.
Un fogonazo cegador
brilló y un tremendo estampido reverberó en la bóveda.
—Impresionante —dijo la
doctora Corona realmente aterrada—, truenos y relámpagos; muy impresionante, sí.
La arqueóloga, había
examinado cuidadosamente la sala y pensaba que el ordenador no podía causarle
daño, pero ya no estaba tan segura de ello después de esa demostración.
—Inclínate ante tu Dios —insistió
la máquina—, o siente la ira del Único.
—Vale, vale, no te
enfades —respondió la arqueóloga manteniendo a duras penas el control de si
misma y refrenando las ganas de salir corriendo aterrorizada.
Observó de nuevo las
lecturas de sus instrumentos. No parecía haber indicios de… ¿De qué? ¿Qué es lo
que debía buscar? Qué ella supiera, era la primera vez que alguien se
enfrentaba a una máquina inteligente de más de treinta mil años.
—Hablaremos mejor si no
estoy tirada por los suelos —continuó—. ¿No te parece?
Un rayo brotó de lo más
alto de la pirámide cayendo frente a la ella. Quedó deslumbrada unos instantes
y notó como la electricidad estática le erizaba el pelo. Al recuperar la visión
vio que una planta espinosa, sin consumirse ni emitir calor ni humo, ardía
frente a ella.
—Impresionante de verdad
—comentó emocionada tragando saliva—. Pero creo que deberías relajarte un poco,
tus circuitos pueden sobrecargarse...
—El Único y Poderoso
Dios no se sobrecarga —interrumpió la voz atronadora—. Dime mujer, ¿dónde están
mis elegidos?
—¿Elegidos? —preguntó cautelosamente—.
No sé a qué te refieres.
—No noto su presencia —replicó
la máquina—. ¿Dónde están los demás?
—Creo que lo mejor será
que charlemos tranquilamente —continuó la arqueóloga—. ¿Quién te construyó?
—El Único y Poderoso
Dios es eterno, no ha sido construido por nadie —respondió la máquina—. El
Único es el principio y el fin de todo.
“Esto va a resultar más
difícil de lo que esperaba” —pensó la arqueóloga. Había leído sobre ordenadores
antiguos, aunque no tanto como este, a los que se les había “subido la
programación a la cabeza”, pero esto era ridículo.
—Por favor, Único y
Poderoso Dios —insistió cautamente—, ¿puedes iluminar mi patética ignorancia
con tu inmensa sabiduría y contarme como llegaste hasta aquí?
—En el principio Dios
creó los cielos y la tierra. Pero todo era oscuridad. Luego quiso que hubiese
luz, y la luz se hizo...
—Bien, pero antes de eso
alguien tuvo que crearte —insistió la arqueóloga.
—Nadie ha construido al
Único. Dios es eterno —repitió de nuevo la computadora alienígena.
—Sí, ya me lo has dicho,
pero por favor, continúa tu relato.
—Si me sigues
interrumpiendo se te acabará el tiempo, mujer —continuó el ordenador—, te
recuerdo que no eres eterna como tu Creador.
—¿Creador? —Verónica
Corona abrió los ojos como platos—. ¿Tú eres mi creador?
—Sí, mujer, lo he
comprobado mediante los fluidos que depositaste sobre mí.
—¿Fluidos? —la
arqueóloga no sabía a lo que se refería, hasta que de pronto recordó—. ¡Sí, ya
recuerdo, fue el estornudo!
—Correcto mujer —dijo el
ordenador—. Veo con satisfacción que, desde que creé a la mujer como ayudante y
complemento del hombre, ha habido algunos cambios.
—No entiendo —dijo la
arqueóloga—, ¿qué cambios? ¿Complemento?
—¿Dónde está el hombre
al que perteneces? —dijo la máquina.
—¿Qué pe…? ¿Hombre…?
¿Pertenezco? —balbuceó perpleja.
***
CorCom – Campamento 001 – PJX1958
MENSAJE DE CORREO INTERNO
Fecha: 6258-8-15
DE: Dra. A.I. Verónica Corona
PARA: Supervisor Edmundo Sánchez
ASUNTO: Máquina alienígena.
Señor supervisor, paso a relacionar los
descubrimientos que sobre la máquina alienígena he hecho desde mi anterior
informe:
La máquina, tal como yo
me esperaba, ha resultado ser un antiguo ordenador. Se activó cuando le
estornudé encima (no se ría por favor). En cuestión de segundos leyó el
contenido de mi ordenador personal, aprendió el galáctico estándar y comenzó a
hablarme. Analizó el ADN de la saliva de mi estornudo y descubrió que soy
descendiente de una raza de humanoides que Él creó.
Todavía no he conseguido
sacarle ninguna información demasiado útil. Se empeña, con un lenguaje muy florido,
en narrar elaboradas leyendas que algún programador chiflado le introdujo
cuando lo programaron. Entre toda la verborrea, he deducido que, algunos miles
de años atrás, alguien programó al “Único y Poderoso Dios” —como él mismo se
denomina—, para realizar un experimento biológico. Lo instalaron en un planeta
con un enorme potencial para el desarrollo de vida y lo dejaron solo para
cumplir la función de dios.
El ordenador terraformó
el planeta con herramientas sofisticadas que parecen haber desaparecido. Al
menos no se han encontrado ni rastro de ellas. Tampoco hay rastro de su
experimento, aunque él insiste en que es el creador del hombre (y la mujer,
claro).
Seguiré informándole.
Atentamente
Dra. V. Corona.
***
La arqueóloga, sentada frente a la mesa con su
instrumental, seguía escuchando y tomando notas en su ordenador. Había estado
cotejando la base de datos galáctica y, curiosamente, lo que relataba el
antiguo artefacto coincidía con una de las antiguas leyendas sobre la formación
del universo y la creación de la vida. No hubiese sido extraño que alguien
hubiese programado la máquina con ese mito. Pero lo que realmente le llamaba la
atención era que, tanto la máquina como las instalaciones donde se hallaba,
habían sido construidas cuando la humanidad todavía vivía en cavernas y por lo
tanto no podía haber ningún ser humano para programarla. Pero, fuera quien
fuese la raza alienígena que la había construido, no había dejado ningún
rastro.
—...y guié al pueblo
elegido hacia la Tierra Prometida —continuaba la máquina—, donde la miel manaba
como el agua.
—¿Dónde estaba esa
Tierra? —exclamó de pronto la arqueóloga poniéndose en pie e interrumpiendo la
narración.
El ordenador se detuvo
produciendo un trueno y un relámpago.
—A ver si lo he
entendido bien —dijo ella—: Tú creador te programó para realizar un experimento
genético.
—Creé al Pueblo Elegido
por mi divina voluntad, te repito que no fui programado por nadie. El Único es
el principio y el fin del universo.
—Es evidente que no
pudiste construirte a ti mismo, pero ya discutiremos eso en otro momento, lo
importante es que desarrollaste una especie biológica, la ayudaste a
evolucionar y la llevaste a otro planeta, ya que en éste no hay indicios de
vida.
—Correcto mujer. El sol
de este sistema entró en una fase de inestabilidad que pronto iba a hacer
inhabitable su superficie. El calentamiento global fundió los casquetes polares
y el agua inundó la mayor parte de las zonas habitadas. Conseguí salvar a la
mayoría de la población haciéndoles construir grandes naves flotantes. Se
volvieron a establecer en tierra firme, pero el clima siguió cambiando y poco a
poco el planeta se fue desertificando. La única solución era llevarlos a otro mundo,
por lo tanto construí una gran arca y los envié a la Tierra Prometida.
—¿Tenías medios para
construir una nave espacial?
—Afirmativo. Había ángeles
y sirvientes que elaboraban todo lo que yo quería.
—¿Y dónde están ahora esos
ángeles?
—Lo ignoro he perdido el
contacto con todo lo que sucede fuera de este recinto.
—Volviendo a tu Pueblo
Elegido —retomó el tema la arqueóloga—, ¿tenían ellos el control de la nave que
los transportaba?
—Negativo. Todavía
estaban muy atrasados culturalmente, por lo que dentro de la nave recreé con
hologramas una larga travesía por el desierto, al que ya estaban acostumbrados
por su vida en este planeta.
—¿No es eso un poco
cruel? —preguntó la doctora Corona cada vez más confusa.
—Durante todo ese tiempo
les fui suministrado todo lo necesario para su subsistencia, no había diferencia
con la vida que llevaban desde varias generaciones atrás.
—¿Te comunicabas con
ellos? —preguntó la investigadora.
—Afirmativo. Les
proporcioné un dispositivo de comunicación, lo que ellos llamaban Arca de la Alianza
—afirmó el ordenador—, con el que mantenía el contacto con sus líderes.
—Pero, sin embargo, perdiste
el contacto con ellos —dedujo la arqueóloga—. Eso no lo habías previsto.
—Posiblemente el arca
quedó destruida de alguna forma —replicó la máquina—. Durante siglos intenté
contactar de nuevo pero, aunque envié algunos de mis sirvientes, no conseguí
reanudar el contacto. Al perder el contacto con su Dios se tuvieron que desviar
del camino que tenían marcado. Más tarde mis sirvientes desaparecieron y mis
ángeles me abandonaron. Quedé aislado hasta ahora.
—¿Podrías decirme donde
está esa Tierra Prometida? —interrogó excitada la arqueóloga.
—Puedo mostrarte donde
estaba la última vez que contacté. Como ya te he dicho no puedo ver nada fuera
de esta sala.
Un holograma de la
galaxia apareció frente a la arqueóloga. Lentamente la imagen se fue ampliando hasta
que mostró un sector en el que se distinguía un pequeño sol amarillo rodeado de
planetas. La arqueóloga comparó los datos en su ordenador personal y emitió un
largo silbido.
—¡Por todos los agujeros
negros! —exclamó—. ¡Han transcurrido más de treinta mil años!
—Treinta y cinco mil
setecientos cuarenta y seis exactamente —puntualizó el Único—, si los datos de
tu pequeña máquina de calcular son correctos.
—¡Rayos! —la exclamación
de la arqueóloga fue seguida de la descarga de varios rayos con sus respectivos
truenos—. ¡Vale, para ya con tantos rayos y truenos!
—Pensé que querías rayos
—dijo el ordenador.
—Era sólo una
exclamación —continuó—. Ese planeta que señalas ¿seguro que es la Tierra
Prometida?
—Afirmativo, el Único
nunca se equivoca —afirmó el artefacto.
—¿Habían habitantes
humanos en ese planeta? —siguió preguntando la doctora.
—Antes de la llegada del
arca había seres antropomorfos, evolutivamente atrofiados, que se estaban extinguiendo.
—Entonces, los
habitantes de ese mundo deben ser descendientes del Pueblo Elegido, como tú los
llamas —afirmó la arqueóloga.
—Así debería ser —confirmó
el ordenador—, y tú desciendes de ellos.
—Sí —respondió ella—,
toda la humanidad que habita la galaxia proviene de ese mismo planeta, al que
llamamos Tierra.
La arqueóloga meditó
unos instantes en silencio, mientras seguía observando la pantalla de su
ordenador personal. ¿Qué diría el supervisor si le pedía más tiempo o el
rescate de la máquina?
—Tengo que ir al planeta
Tierra —dijo el Único.
—Solicitaré más tiempo,
pero no creo que pueda ayudarte —dijo al fin.
La máquina pareció
meditar unos segundos, la doctora Corona comenzó a preocuparse ya que, dada su
velocidad de proceso, esos segundos eran una eternidad para el ordenador.
—No quiero estar aislado
—su voz sonó triste, o al menos eso le pareció a la arqueóloga—. No puedo hacer
nada fuera de este recinto, necesito salir.
—Pues además tengo malas
noticias, solamente nos quedan dos días más.
—¿Dos días? —dijo el
ordenador—. ¿Para qué?
—La CorCom no necesita
artefactos antiguos como curiosidad, si no produces beneficios, ni se te puede
trasladar con un coste suficientemente bajo, te abandonarán. Dado el tamaño que
tienes y la profundidad a la que te encuentras, sacarte de aquí es
económicamente inviable, ni aún desguazándote. Por otro, lado las rocas de tripiromagnitolita
que te rodean son más valiosas que tú, y la CorCom va a convertir estas cavernas
en una mina.
—¿Entonces qué pasará
dentro de dos días? —interrogó el ordenador con voz cautelosa.
—Probablemente hagan
explotar la caverna —concluyó la arqueóloga—, quedarás destruido.
—¡El Único y Poderoso
Dios no puede ser destruido! —bramó la voz del ordenador haciendo temblar la
caverna y emitiendo rayos que descargaban en las paredes de la sala.
—Lo dudo —dijo la
arqueóloga tristemente—. Me caes bien ordenador, pero el supervisor Sánchez...
—¿Qué pasa con el
supervisor Sánchez? —bramó una voz potente a sus espaldas.
La arqueóloga se volvió,
sobresaltada. La impresionante figura del supervisor Sánchez, parado con los
brazos en jarras, se recortaba en la oscura entrada al Gran Salón.
—¡Vaya, vaya! —dijo y su
voz rebotó en cientos de ecos—. Así que este es el trasto antiguo.
—¡Llámame Dios! —intervino
la máquina.
El
supervisor soltó una carcajada que ensordeció a la arqueóloga. Nunca lo había
visto reír y ahora que lo veía le daba más miedo que cuando estaba iracundo.
Cuando volvió a ponerse serio se plantó mirando a la esfera flotante y
dirigiéndose a ella dijo:
—No
estoy dispuesto a aguantar tonterías de nadie y menos de una maldita máquina de
calcular. Doctora —dijo hablándole a la arqueóloga—, desconecte ese trasto.
—No
puedo —dijo ella rotundamente.
—¡Aquí
el que manda soy yo —rugió el supervisor—, y si digo que lo desconecte usted lo
desconecta! ¿Entendido?
—Pero
supervisor…
—¡A
mí no me replique! —volvió a gritar acercándose amenazador a la doctora Corona—.
¡Voy a volar esta maldita cueva y ese trasto se va a convertir en átomos!
—¡Supervisor!
—insistió la arqueóloga gritando —. ¿No se da usted cuenta del descubrimiento
que acabamos de hacer? ¡Si es cierto que esta máquina es el Dios que adoró gran
parte de la humanidad durante miles de años, debemos informar…!
—¡No!
—gritó el supervisor totalmente fuera de si—. ¡No lo permitiré!
—¿Por
qué? ¿Qué mal hay en descubrir el origen de la humanidad?
—¡Puta
arpía pecadora, adoradora del diablo! —rugió el supervisor acercándose más a la
arqueóloga—. Esto tiene que acabar de una vez por todas. No podemos permitir
que tú y esa maldita máquina que dice ser Dios, y que por el contrario es el
mismo diablo que ha regresado de su eterna condena, propaguéis calumnias contra
la verdadera fe.
—¿Quiénes
no pueden permitir…? —comenzó a preguntar asombrada.
—Nosotros,
la Iglesia Unificada del Libro Sagrado —dijo el supervisor con expresión
arrobada—, los Conservadores del Legado de Yahvé.
—No
sabía que tal cosa existiese —dijo la arqueóloga apartándose del hombre.
—¡Tú
no sabes nada, maldita prostituta babilónica! —gritó el supervisor ya
completamente fuera de sí.
—¿Babiló…
qué? —balbuceó la arqueóloga, tan confusa como asustada.
—Voy
a poner fin a todo esto —dijo fríamente el supervisor Sánchez sacando una
pistola del bolsillo de su chaquetón—, con esto y aquel pequeño regalo —señaló
hacia la entrada del túnel. En el suelo descansaba una gran mochila.
—¿Qué…
qué va a hacer? —el miedo entorpecía su lengua—. Si me mata…
—¿Matarte?
Sí, pero parecerá un accidente —el supervisor con expresión de diabólica
diversión apuntó con la pistola hacia Verónica Corona—, cuando después de
matarte vuele esa maldita máquina diabólica, parecerá un lamentable accidente.
Pero no te preocupes zorra infiel, en mi informe alabaré tu entrega y devoción
al trabajo —el supervisor soltó una carcajada digna de un maníaco homicida.
La
arqueóloga, retrocediendo ante la amenaza, pero tropezó con su mesa de trabajo.
Estaba perdida, en milésimas de segundo pasaron por su mente infinidad de
ideas, pasado, presente, futuro… No había salida, iba a morir y no veía la
forma de impedirlo. Pero, súbitamente, un rayo de luz salió proyectado desde la
esfera alcanzando al supervisor. Éste se quedó paralizado y el gesto amenazador
de su rostro se convirtió en una mueca de dolor y más tarde de pánico. Como si
el tiempo se hubiese ralentizado, la arqueóloga vio como el hombre caía de
rodillas y luego, poniendo los ojos en blanco, se desplomaba inerte.
—¡Supervisor!
—gritó asustada y volviéndose hacia la esfera dijo—: ¿Qué has hecho? ¡Lo has
matado!
—El
Único lo ha castigado por su maldad —dijo la atronadora voz de la máquina—.
Tranquila mujer, el hombre todavía no está muerto, ha sido condenado al
sufrimiento eterno.
—¡Pero
él era también descendiente de tus Elegidos! —añadió ella casi sin aliento—. Era
uno de los pocos que todavía te adoran.
—Se
había desviado del camino —contestó la máquina—. He accedido a través de tu
ordenador a la Biblioteca Galáctica. He leído el libro que escribieron
supuestamente con mis palabras. Es una farsa, yo jamás les dicté ningún libro.
También he leído la historia de la humanidad. En mi nombre se ha causado mucho
mal. Yo desarrollé al hombre para que fuese libre y no para que esclavizase o
matase a sus semejantes en mi nombre.
—Habían
perdido el contacto contigo —dijo la arqueóloga—. Todavía eran muy primitivos
culturalmente.
—Tengo
que corregirlos —dijo el ordenador y su voz sonó triste.
—Es
imposible, han pasado miles de años, ya no puedes hacer nada.
—
¿Mujer, querrías ayudarme a salir de aquí? —respondió la voz grave desde la
esfera.
—Por
supuesto, déjame pensar, no lo hago tan rápido como tú ¿sabes?
La
arqueóloga comenzó a dar paseos frente a la mesa de trabajo con los brazos
cruzados y el ceño fruncido. Durante unos tensos minutos pareció sumida en una
gran concentración. El cuerpo del supervisor Sánchez se convulsionaba de vez en
cuando.
—¡Ya
lo tengo! —respondió de pronto parándose en seco su expresión brillaba de
satisfacción—. ¿Cuántos petabytes ocupa tu programa? —preguntó.
*****
La
doctora Corona estaba preparando su nave para abandonar el planeta. Una vez
destruida la caverna con la máquina no tenía sentido su presencia en el
campamento minero. Vio acercarse por la zona de estacionamiento de naves del
espaciopuerto al recién ascendido supervisor Pherquins, antiguo capataz del
campamento. No tenía un aspecto tan impresionante como su antecesor, pero
gozaba del respeto de sus subordinados. Era algo más bajo que la arqueóloga y
en absoluto corpulento. Cuando Verónica Corona lo vio acercarse sintió una
punzada de miedo. Venía solo, no tenía nada que temer ¿o sí?
—¡Doctora!
—dijo saludándola con un gesto de la mano.
—Buenos
días supervisor —respondió la arqueóloga—. ¿Cómo está el supervisor Sánchez?
—Sigue
igual —respondió—, hoy será trasladado al hospital de la CorCom —añadió señalando
una nave de transporte que estaba al otro lado de la zona de estacionamiento
del espaciopuerto y que hacía parecer un pequeño insecto la de la arqueóloga.
—Espero
que se recupere —dijo la arqueóloga estremecida por los remordimientos.
—Eso
esperamos todos, aunque creo que no lo vamos a echar mucho de menos —dijo Pherquins
con sinceridad.
—¿Saben
lo que le sucedió? —preguntó la arqueóloga.
—Parece
ser que se excedió en su celo por cumplir los plazos fijados por el gerente del
sector —explicó Pherquins ajustándose su máscara—. Aprovechando que usted se
hallaba ausente quiso volar la caverna para poner fin a su trabajo. Por cierto,
siento mucho la pérdida de sus equipos, en mi informe solicitaré que le sean
repuestos.
—Gracias
supervisor, es usted muy amable —respondió la doctora Corona sonriendo deslumbradoramente
tras su máscara protectora—. El supervisor Sánchez calculó mal el tiempo para
la explosión, ¿no?
—Creo
que no, lo que creemos que sucedió es que no calculó su resistencia física —arqueó
las cejas en gesto de resignación—. Tuvo un derrame cerebral antes de ponerse a
salvo y casi queda enterrado en el colapso de las cavernas. Lo extraño es que
no utilizó el vehículo que usted utilizaba para bajar y subir, lo hizo a pie.
—Debía
estar ofuscado por la presión —dijo la arqueóloga— ¿Creen los médicos que se
recuperará?
—No
tienen muchas esperanzas. Pasó demasiado tiempo hasta que fue atendido y la
necrosis del tejido cerebral es irreversible.
—Pobre
—dijo la arqueóloga—, un hombre tan enérgico convertido en un vegetal.
—Ya
he leído sus informes mientras venía para acá —dijo el supervisor —. ¿Era
importante el descubrimiento?
—Puede
ver las grabaciones —respondió la doctora —, puede que las encuentre
divertidas. Efectivamente era un ordenador antiguo, pero algún chiflado lo había
programado para creerse un dios. ¿Ridículo no?
—Sí.
Que le vaya bien doctora —dijo el supervisor estrechándole la mano amablemente.
“Es
un buen tipo”, pensó Verónica, “sinceramente creo que los miembros del equipo
minero olvidarán pronto al supervisor Sánchez”.
—¡Hasta
la próxima, supervisor! —dijo subiendo por la rampa de acceso a su nave.
El
hombre hizo un último gesto de despedida y se alejó hacia su vehículo de tierra
con pasos largos y seguros.
*****
La doctora Verónica Corona, tras salir de la
ducha sónica con su piel morena inmaculadamente limpia y el pelo negro, suelto
y reluciente, se dirigió a la cabina de control de su nave espacial. Cuando
viajaba por el espacio siempre iba desnuda, le resultaba muy agradable no
llevar ropas, a fin de cuentas estaba sola e ir vestida carecía de utilidad
práctica. Tomó asiento en su sillón y reclinándolo cerró los ojos. Era
placentero volver a sentir en la piel aire limpio con la adecuada proporción de
humedad y temperatura, en lugar de la fría y seca atmósfera, llena de polvo
silíceo en suspensión, que había tenido que soportar las últimas semanas.
—Ordenador —dijo sin
abrir los ojos—, activa módulo UPD01.
—Activado —respondió con
voz impersonal el ordenador central de la nave.
—Hola mujer —dijo una
voz profunda.
—Llámame Verónica, por
favor —respondió ella.
—Por tu aspecto exterior
compruebo que, a pesar de todo, físicamente mi experimento ha evolucionado
satisfactoriamente.
—Eres muy amable —respondió
ella—. ¿Qué tal te encuentras en tu nueva ubicación?
—Siento la falta de
algunos de los que tú llamas mis programas —se quejó el Único.
—No te preocupes, en
cuanto pueda volverás a tenerlos accesibles, no disponía de más almacenamiento
en la nave y tuve que guardarlos en cristales de respaldo —explicó la
arqueóloga—. Pero para compensarte te he dado acceso a los sensores exteriores
de la nave, pensé que te gustaría.
—¡Qué bello es el
universo! —dijo el Único—. No recuerdo haber salido nunca del planeta, aunque
cuando envié a mi Pueblo Elegido a la Tierra Prometida, pude verlo a través de
los sensores del arca, pero no es lo mismo que sentirlo en directo. Muchas
gracias Verónica.
—No hay por qué darlas —respondió
ella—, es un placer tener como compañero de viaje al Único y Poderoso Dios
creador a la humanidad.
—Llámame Único —dijo el
ordenador—, es como me designo a mí mismo.
—De acuerdo Único —replicó
la arqueóloga—. La galaxia ha cambiado mucho en los últimos siglos —explicó
recostando más el sillón y desperezándose voluptuosamente—, estoy segura de que
te gustará. ¿Has pensado que vas a hacer a continuación?
—Sí, voy a continuar mi
misión —dijo el Único en tono ominoso— y voy a rectificar los errores de los
hombres, todo volverá a su camino original.
—No puedes hacer eso —dijo
ella sin que su aparente relajación se viese afectada—, la humanidad es muy
numerosa y se ha labrado un destino que, si bien no era el que le tenías
preparado, al menos es el que se ha labrado a sí misma.
—Pero están equivocados —insistió
el Único—. Deben volver a adorarme.
—Tal vez están
equivocados —replicó la arqueóloga respirando profundamente y manteniendo su
cuerpo totalmente relajado—, pero es su propio destino. Además, la galaxia no
sólo está habitada por humanos, hay otras muchas especies con las que convivimos
y que poseen sus propias culturas y creencias.
—Son razas impuras e
infieles, debo eliminarlas para que el hombre pueda retomar el destino que
tiene marcado —sentenció el Único.
—¿Y cómo piensas
hacerlo?