En la frontera del Imperio Galáctico
José Vicente Ortuño
1. El Imperio Galáctico humano
Según los registros históricos de la raza humana, en el año 5325 d.F.I. (después de la Fundación del Imperio) el Imperio Galáctico —a pesar de su nombre—, no ocupaba la totalidad de la galaxia, sino un fragmento irregular de aproximadamente cuarenta mil años luz de diámetro, en cuyo centro de encontraba la Tierra, el mundo en el que según la historia legendaria nació la humanidad. Se componía de un creciente número de planetas, unos habitados por seres humanos y el resto utilizados para explotar sus recursos. A lo largo de sesenta siglos, la raza humana se había extendido desde su primitivo hogar, saltando de estrella en estrella, colonizando, terraformando y explotando los recursos de todo planeta, satélite o asteroide que encontraba en su camino. En su progresivo avance encontraron planetas habitados, incluso algunos cientos de ellos por seres inteligentes en distinto grado de desarrollo cultural y tecnológico. Como nunca se creó una directiva de no ingerencia en culturas alienígenas, todas esas razas fueron asimiladas culturalmente, de forma pacífica algunas veces y otras no tanto. En todos los casos se dio una curiosa coincidencia: el sistema fonador humano no estaba capacitado para pronunciar ninguno de los idiomas de los habitantes de esos mundos, pero en cambio todos los alienígenas fueron capaces de adaptarse a la lengua humana —una mezcla de los antiguos español, inglés y chino básicamente—. La expansión del Imperio se vio limitada por la radiación existente en los sistemas solares próximos al núcleo galáctico, que perjudicaba seriamente la existencia de vida. Por el lado opuesto, en el borde exterior de la Vía Láctea, solamente se podía encontrar la vecina galaxia M-31, Andrómeda, a sólo 2,2 millones de años luz —un abismo insalvable en aquellos días—. La expansión de la humanidad tropezó por un lado con el Imperio Gwoolik, unos seres tan desarrollados tecnológicamente como la humanidad y con unos objetivos muy similares. Tras centenares de años de continuas escaramuzas no se había llegado a declarar la guerra abierta, pero tampoco se había firmado ningún tratado de paz, ni acuerdo comercial alguno. Por el lado opuesto no había aún un Imperio propiamente dicho, sino los territorios de dos razas diferentes y totalmente antagónicas —tal vez fuese por que unos habían evolucionado a partir de una especie de insecto y los otros de alguna variedad de lagarto—. Prácticamente habrían ignorado a la humanidad, si estos no sintiesen debilidad por expandirse y expoliar los recursos de todo pedrusco que flota en el espacio.
Así, cuando el espacio controlado por la humanidad se fue expandiendo, fue aumentando la dificultad de controlarlo y se cumplió el sueño de tantos escritores de anticipación y de muchos políticos ambiciosos: crear un Imperio Galáctico. Todos los implicados en la fundación del Imperio se dieron cuenta de que todavía era prematuro llamarlo Galáctico, pero dada la tendencia de los políticos a la ampulosidad de términos, se piensa que disfrutaron con la decisión. Pero lo que no tenían previsto fueron las dificultades que entrañaba en la práctica el gobierno de un territorio tan vasto, incluso cuando las comunicaciones superaron la velocidad de la luz. Es por este motivo que en el año 2567 d.F.I., el Imperio se dividió en cinco sectores gobernados independientemente, convirtiéndose en un auténtico Imperio al estilo del legendario Imperio Romano.
—Comentarios de Margarita, I.A. del carguero Uisce beatha—.
2. Nave de carga Uisce beatha en algún lugar del sistema Xhirive.
Charly Read era un pirata, como antes que él lo habían sido sus antepasados desde siglos atrás. Ciento cincuenta años antes, su tatarabuelo Henry, nacido en la estación espacial Foxford, —en órbita alrededor del planeta Nueva Irlanda—, dispuesto a romper la tradición había estudiado xenoveterinaria; pero estaba marcado por el destino. Después de su licenciatura trabajó para el multimillonario Rocky H. Show, poseedor de una magnífica colección de mascotas exóticas. Pero poco después, de descubrieron los sucios negocios del magnate, que fue detenido por la policía imperial y todos sus bienes fueron confiscados por orden del pentarca Forest II. Así pues, Henry Read tuvo que volver al negocio familiar.
Charly pilotaba el carguero Uisce beatha, heredado de su padre y que siempre que podía, procuraba mantener alejado de las patrullas imperiales. Aquella semana, a pesar de no haber tropezado con ninguna patrulla, había tenido mala suerte. Después de dejar su carga de productos de belleza sigmarianos en el planeta Xhirive, no había conseguido una nueva carga. Hacer el viaje de vuelta a la estación Casino Kansino no le reportaba ningún beneficio económico. La bodega vacía era mal negocio, muy malo, signo de mal agüero entre los transportistas galácticos.
Habiendo dejado la nave en manos de Margarita, la Inteligencia Artificial de la nave, estaba recostado en el sillón del piloto con una botella de groc outheriano en la mano —la bebida de los piratas espaciales, como decía la publicidad—. Meditaba sorbiendo lentamente por el tubo que salía del frasco, dándole vueltas a una idea que hacía tiempo le rondaba la cabeza: poner un bar en la estación minera Alfa Sargantani. Vendiendo el carguero tendría dinero de sobra, pondría el bar y compraría un habitáculo en la zona residencial de la estación. Podría codearse con los demás comerciantes, invertir en negocios seguros...
—Charly cariño, despierta — interrumpió sus pensamientos la sensual voz de Margarita—, hay una pequeña nave a tres millones de kilómetros de distancia y a treinta grados a proa.
—¿Cómo —Charly se incorporó en el sillón—, qué nave?
—Parece un caza imperial, pero no tiene señales de actividad energética —dijo la computadora—. Posiblemente esté averiado.
—O los patrulleros nos tienden una trampa —murmuró receloso.
Charly desconfiaba, pero la curiosidad y la necesidad de carga le indujeron a relajar sus recelos. Si rescataba una nave imperial era posible que le pagaran alguna recompensa o tal vez, si los imperiales no se enteraban, los mercenarios Kilpraty le pagaran mejor todavía.
—Aproxímate Marga —dijo conectándose al sistema de navegación mediante su implante cortical—, mantén una distancia prudencial, pero acércate lo suficiente para observarla mejor.
Flotando en el vacío, rodeado de una nube de escombros procedentes de un boquete en su casco, un caza imperial giraba descontroladamente. Las luces de emergencia parpadeaban, pero no se captaban emisiones de socorro. Si había algún superviviente a bordo, debía agradecer a la suerte que él pasara por allí.
—Aproximación Marga —dijo Charly y activó todas las luces exteriores de la nave, más valía ser exageradamente visible que parecer que se acercaba a hurtadillas.
El enorme carguero se detuvo a doscientos metros del caza, que parecía muy deteriorado. Algún impacto o disparo había destruido parte de los motores.
—¿Has intentado contactar Marga?
—Sí amor, no contesta nadie —dijo la computadora tan cariñosa como siempre—. Prácticamente no quedan señales de energía, pero parece que en el interior hay alguien vivo, detecto una fuente de calor móvil a 37,5º C. Hay un 98,1 % de posibilidades de que se trate de un ser humano.
—Abre la bodega y activa el haz tractor, vamos a recogerla junto con toda esa basura —suspiró—. Espero que no nos metamos en un nuevo lío por esto. Si lo que hay dentro es un piloto imperial, nuestra recompensa será un gracias y una palmadita en la espalda; y posiblemente una inspección.
Si había un superviviente no tendría más remedio que entregar la nave a la Armada Imperial, lo que reduciría sus ganancias a cero.
—Activando el haz tractor. Frenando el giro. Agrupando los escombros —fue detallando la computadora conforme realizaba las delicadas maniobras.
—Ten cuidado, por favor —dijo Charly—, no vayamos a dañar al superviviente.
—No te preocupes, mi amor, ya sabes que soy muy delicada —contestó la computadora.
Lentamente la nave a la deriva, guiada por los invisibles dedos energéticos del carguero, detuvo su giro y entró en la enorme bodega seguida de una estela de despojos. La compuerta se cerró y quedó asegurada con un crujido.
—Presuriza la bodega Marga —ordenó Charly—. Por si acaso el tipo de ahí dentro no lleva traje espacial. Podría estar herido, prepara el robot médico.
—Tus deseos son órdenes, mi amor, presurización completa en tres minutos —respondió la computadora—. Conectando la gravedad artificial de la bodega, ¿no querrás volar entre un montón de chatarra, verdad guapo?
—Siempre piensas en todo. ¿Qué haría yo sin ti?
—¿Barrer el asqueroso suelo de algún bar de mala muerte, en una estación minera de tercera, situada en un podrido asteroide? —respondió la I.A. en tono jocoso.
—¿Puedes ver el interior? —preguntó ignorando el sarcasmo.
—Puedes verlo tú mismo, la bodega ya está presurizada.
Charly se dirigió a la escotilla que conducía a la bodega de carga. Dudó si coger un arma o no, al fin eligió ir desarmado. Lo que vio al llegar abajo se puede describir fácilmente: nada.
—Marga bonita, ¿quieres encender las luces?
—¡Huy, qué despiste! —Dijo la I.A. con voz traviesa—. A ver si te reemplazas esos ojos tan simples. ¿No prefieres unos Ulldenit-756?
Charly ignoró el comentario. Estaba harto de que siempre le recordase que todavía tenía sus ojos originales, pero ¡qué demonios, si le funcionaban de maravilla!
El caza imperial tenía forma de un huevo achatado. Medía quince metros de largo por ocho de ancho y cuatro de alto. El fuselaje estaba totalmente cromado, aunque se encontraba bastante deteriorado, como si además del impacto que le había abierto las entrañas, previamente hubiese recibido una gran paliza.
—Ha presentado batalla hasta el final —dijo Charly para sí—, pero ¿contra quién? No conozco a nadie en ese sector capaz de oponerse a un caza imperial.
—¿Dónde está la entrada, Marga? —preguntó Charly rodeando la nave.
—La tienes a dos metros a tu derecha —respondió la voz de la computadora.
—Sí, ya la distingo. ¿Detectas alguna trampa?
—Tranquilo no detecto nada, guapo.
—¿Puedes abrirla, bonita? —respondió Charly siguiendo el juego verbal que siempre mantenía con la computadora.
Un robot de mantenimiento salió de su hornacina en la pared del hangar y se dirigió hacia la nave. Charly tuvo que hacerse a un lado para no ser atropellado. Dirigido por Margarita, el robot comenzó a manipular en la puerta de la nave, y al poco, ésta se deslizó a un lado dejando libre el acceso al interior. Charly, cuidadosamente se asomó y llamó en voz alta:
—¡Eh, amigo! ¿Estás bien? No voy a hacerte daño, estás en el carguero Uisce beatha, te he recogido para ayudarte —nadie respondió—. ¿Hay alguien ahí?
Una voz grave gritó desde el interior:
—¿Quién eres?
—Charly Read, capitán del carguero Uisce beatha, como ya te he dicho. No voy armado.
—Eres un pirata —afirmó la voz.
—Soy un honrado comerciante, ahora bien, si no te gusto puedo dejarte donde estabas —replicó Charly con los brazos en jarras frente a la puerta.
Algo se movió algo en la oscuridad. El tripulante del caza lo observaba desde el interior. Él continuó quieto con los brazos en jarras, para que el imperial viese que estaba desarmado. Al fin, lentamente, el piloto salió: era un hombre alto y fuerte, con la cabeza afeitada y los ojos negros de mirada penetrante. Vestía un traje de vuelo plateado, aunque se había quitado el casco, que llevaba en una mano.
—Comandante Vlazor, de la Armada Imperial —dijo el piloto—, no tengo obligación de darle más datos.
—No se ponga tan serio, amigo —dijo Charly Read—. ¿Se encuentra bien? ¿Necesita curarse alguna herida?
—Me encuentro perfectamente, gracias —respondió—. ¿Podría llevarme a la Base Imperial más cercana? Por favor.
—Supongo que habrá compensación económica, soy un hombre muy ocupado.
—Sí, claro, por eso lleva la bodega vacía —respondió el comandante mirando a su alrededor.
—Voy a recoger una carga muy importante —replicó Charly molesto.
—Si me lleva directamente me encargaré de que le paguen bien.
—La Armada Imperial no paga, ni bien ni de ninguna otra forma, pero está bien, hoy me siento buen samaritano, venga conmigo —le indicó que lo siguiera y se dirigió hacia las escaleras que conducían a la cabina.
Por el camino habló a la computadora a través del implante:
—Marga bonita, ¿a qué distancia estamos de la Base Imperial más cercana?
—A diez años luz, cariño —respondió ésta—, es la Base Imperial en órbita alrededor del planeta Othila II.
—Vayamos pues, a medio impulso.
Condujo al oficial imperial a las habitaciones de la tripulación. Aunque viajaba solo, la nave podía albergar hasta quince tripulantes, por lo que sobraba espacio para alojar al náufrago. Como el comandante y él eran más o menos de la misma talla, le ofreció algunas ropas para que su invitado estuviese más cómodo. Algo después, sentados en la sala de descanso y con unas bebidas en la mano, Charly interrogó al militar:
—Bien, comandante, ya estamos en camino, cuénteme como llegó a esa situación tan… delicada —dijo Charly y sorbió del frasco de groc outheriano frío, mientras se repantigaba en un sillón, que a juzgar por su aspecto, debía de ser su favorito—. Y no me irá a decir que es un secreto.
—Sí, es un secreto —respondió el comandante Vlazor.
—Pues entonces nos aburriremos mucho —sorbió groc de forma ruidosa y luego dijo dirigiéndose a la computadora—: Marga cariño, ¿cuánto tardaremos en llegar a la Base Imperial en Othila II?
—Siete días, mi amor —respondió ésta—. Bienvenido comandante Vlazor, ¿puedo llamarle sólo Vlazor? ¿Sabe jugar al Ansuz descubierto?
—¿Siete días? —exclamó el oficial sobresaltado—. ¡Estoy seguro de que esta nave puede ir más deprisa! ¡Debemos estar a algo más de diez años luz, podríamos estar allí en pocas horas!
—Doce punto siete tres dos años luz exactamente —respondió la computadora.
—Sí por supuesto, podríamos ir más deprisa —respondió Read—, pero ¿por qué razón tengo que recalentar los viejos motores de mi pobre nave para llegar antes?
—Por favor, capitán Read, ayúdeme —la pose de duro militar imperial desapareció ante los ojos Charly Read—. Necesito su ayuda sin condiciones, no puedo decirle nada más, es por su propio bien.
—Está bien, lo llevaré a donde quiera, así me desharé de usted cuanto antes —replicó—, de todas formas no parece que nos vayamos a divertir juntos.
Charly Read ordenó a la computadora dirigirse a Othila II a velocidad ATL-6 —Aceleración Trans-Lumínica nivel 6—, lo que sorprendió al oficial imperial ya que el viejo carguero era más rápido de lo que él imaginaba. Cuando veinte horas después llegaron al sistema Othila, el panorama era desolador: no había ni un solo superviviente de la Base Imperial. En órbita, en donde debía estar la estación, una nube de despojos indicaba que había sucedido una gran catástrofe.
—Han pasado por aquí —exclamó el comandante Vlazor dejándose caer desalentado en el sillón del copiloto—. Ahora nunca sabré donde está.
Charly Read hizo girar su propio sillón, enfrentándose al oficial imperial.
—¿Y bien? ¿Me va a decir ahora de qué va todo esto?
—¿Puedo recoger algo de chatarra, Charly? —interrumpió la computadora rompiendo el tenso silencio de la cabina de mando.
—Haz lo que quieras, pero estate atenta y no bajes la guardia preciosa —respondió Charly.
—Está bien —dijo al fin abatido el militar imperial—, se lo contaré todo, pero aténgase a las consecuencias. —Se acomodó en el sillón y comenzó:
—Las Bases Imperiales de Avanzada son instalaciones militares cuya misión es la vigilancia de las fronteras del Imperio —el capitán Read asintió ante un concepto que no era ningún secreto—. Lo que poca gente sabe es que algunas de esas Bases de la Frontera del Borde Galáctico, aprovechando su aislamiento, son utilizadas para el desarrollo de proyectos secretos de alta tecnología —Read hizo un gesto con las cejas, como queriendo indicar que lo encontraba obvio—. Todo comenzó realmente hace dos días…
3. Crucero Imperial Uróboros, en órbita alrededor del planeta Samaruc IV.
—¿Hasta cuándo vamos a estar en este sector tan aburrido? —preguntaba Vlazor, jefe de seguridad del Crucero Imperial Uróboros, mientras acariciaba la espalda de Eloyse, la ingeniero jefe, a la que mantenía abrazada en la cama donde ambos yacían tras una noche muy gratificante.
El camarote, bastante amplio para pertenecer a un crucero imperial, solamente estaba iluminado tenuemente por el brillo de la pantalla de datos que había sobre la mesa y que mostraba complejos esquemas.
—Ya sé que te aburres cariño —respondió ella con voz somnolienta, arrebujada contra Vlazor—. Yo, sin embargo, tengo aquí todo lo que necesito.
—Sí, ya lo sé —respondió él con fastidio—. Tienes tus prototipos y espacio de sobra para probarlos, pero con esta inactividad me aburro como un percebe outheriano.
Llevaba veinte meses en aquel sistema fronterizo con la nada. Lo habían trasladado desde la frontera occidental, donde había destacado en su labor de acoso y derribo de piratas y contrabandistas seamonianos. Pero allí, en el borde de la galaxia, vigilando hipotéticas amenazas extragalácticas y haciendo de niñera de científicos e ingenieros, se aburría solemnemente. En teoría lo habían premiado con este destino pero, por muy secreto que fuese, se aburría mortalmente.
—También te tengo a ti —dijo ella melosa—. ¿Acaso te aburres conmigo?
—No es eso cariño, lo sabes. Pero ¿qué pintamos en la frontera de la galaxia vigilando el vacío más grande imaginable? —Replicó poniéndose cada vez de peor humor—. ¿Quién se supone que nos va a atacar, los de la galaxia Andrómeda?
—No te mortifiques más, cuando terminemos las pruebas con la Aguja iremos a Almassil VI para presentarla al Alto Mando Estratégico. La capitana te permitirá dejar tu puesto una temporada, seguro que podrás acompañarnos como Jefe de Seguridad.
—¿Cómo Jefe de Seguridad? ¡Ja! Será más fácil conseguir el puesto de juguete sexual de la Ingeniero Jefe —y añadió—: ¿Hoy vas a probar la Aguja de nuevo? —dijo, sabiendo que Eloyse quería cambiar de tema para evitar su mal humor.
—Si, eso me recuerda que tengo que ir a Ingeniería —se levantó de la cama y se dirigió al baño. Las luces se encendieron al detectar movimiento y Vlazor la observó alejarse, admirando su esbelto cuerpo y olvidándose momentáneamente del resto de sus problemas.
Oyó como la mujer activaba la ducha sónica y cerró los ojos, recordando la emoción de pilotar un hipercaza persiguiendo una nave de contrabandistas seamonianos. ¡Cómo volaban los malditos! Una vez, tras el asalto a un crucero pirata, había participado en un tiroteo en los pasillos de la nave bucanera. Los piratas habían cortado la gravedad artificial y la trifulca se convirtió en una carnicería despiadada. Para sacarlos de su escondite, los comandos imperiales, tuvieron que abrir un boquete en el casco y despresurizar la nave. Fue bastante desagradable, especialmente para los novatos, ya que había trozos de seamonianos por todas partes. Afortunadamente las armaduras imperiales resistieron y entre sus compañeros sólo hubo heridos leves y algunas mutilaciones fácilmente reparables.
Se levantó de la cama y realizó unas rápidas flexiones y estiramientos. Entró en el baño, dónde Eloyse ya estaba vestida con el mono azul ajustado de su uniforme de ingeniero. Cepillaba su corto cabello castaño. Vlazor cogió del armario un cinturón del que colgaban diversos instrumentos y se lo colocó a ella alrededor de la cintura, aprovechando para abrazarla por la espalda y besarla en el cuello. Ella se estremeció y volviéndose le besó los labios.
—Déjame, que tenemos prisa —le susurró—, esta noche seguiremos.
—¿Y hay que esperar hasta esta noche? —exclamó dejándola y entrando en la ducha—, no sé si podré esperar. Creo que es lo más importante que voy a hacer hoy.
—Nos están esperando —indicó ella.
—¿Crees que el pentarca Forest VII asistirá a la presentación de la Aguja en el Alto Mando Estratégico? —dijo Vlazor levantando la voz para hacerse oír desde el interior de la ducha.
—Eso espera el profesor Vorgórrigan. El viejo cree que el pentarca lo trasladará a los laboratorios de Desarrollo Imperial —suspiró—, y yo espero ir con él —dudó un instante—. Supongo que a ti, si quieres, te podrían destinar a la Guardia Imperial.
—Mucho suponer es eso —dijo Vlazor—, con un poco de suerte me tendré que quedar aquí, como un idiota, patrullando asteroides y vigilando las procelosas profundidades del abismo intergaláctico.
—No te preocupes cariño —le dijo desde la puerta del baño—, todo se arreglará.
—Si al menos estuviese en el sector Crápula-735 —respondió él saliendo de la ducha—, allí siempre hay acción —abrió el armario furiosamente y cogió uno de sus uniformes.
—No te mortifiques más —le dijo Eloyse acercándose y besándolo suavemente en los labios, luego añadió mientras se marchaba—: Te veré en el hangar de pruebas.
Dentro del prototipo llamado La Aguja, Eloyse vio abrirse las compuertas del hangar. El alargado fuselaje de vitridio tenía la apariencia de vidrio de color verde, pero con una resistencia superior a toda aleación conocida hasta el momento. En una nave de caza normal, el piloto conectaba su implante cerebral a la I.A. central, pero muchas de las acciones o bien las realizaba el ordenador automáticamente o el piloto de forma manual. En cambio, en el nuevo prototipo, el sistema nervioso del piloto quedaba realmente fundido con la nave. Una tecnología que podía darle al Imperio una gran ventaja, aunque temporal, sobre sus potenciales enemigos. La velocidad de reacción del nuevo caza se multiplicaba por cincuenta y esperaban, en un futuro próximo, ampliarla todavía más.
La salida al espacio fue como zambullirse en el vacío completamente desnudo, pero la teniente Eloyse Domínguez, acostumbrada a pilotar toda clase de prototipos, no acusó pánico alguno. Una vez fuera de la nave nodriza aceleró para alejarse lo máximo posible. Tras ella fueron lanzados los tres hipercazas al mando del comandante Vlazor, que pretendían dar alcance y neutralizar al prototipo. Comenzó la persecución. La Aguja maniobraba y se las ingeniaba para dejar atrás a sus perseguidores, que disparaban sus armas contra el prototipo, pero la teniente Domínguez esquivaba todos los disparos, aunque sabía que no eran capaces de dañar el fuselaje de vitridio de la Aguja. Pruebas efectuadas previamente volando en piloto automático, habían demostrado que era invulnerable a las armas convencionales. Ahora, por vez primera se estaba probando en combate real.
Eloyse se sentía como si que volara por el vacío a cuerpo descubierto. Su mente y sus sentidos estaban fundidos con la nave y comenzó a pensar como una nave. Sentía la velocidad, aunque en el vacío, supuestamente, no era apreciable. Sentía la potencia de los motores, el roce de las micropartículas que chocaban contra su escudo deflector. Hizo fuego contra un asteroide colocado como blanco y sintió la potencia de la descarga energética de los cañones de plasma saliendo de sus entrañas. Atravesó el enjambre de escombros del asteroide sintiendo los impactos pero atravesándolo sin daño. En cambio los cazas perseguidores tuvieron que realizar maniobras evasivas para evitar una catástrofe.
En el Puente de mando del crucero Uróboros se activaron las alarmas y el sistema de intercomunicación de la nave sonó en todos los implantes de la tripulación:
“Alerta Cinco, repito Alerta Cinco. Todos a sus puestos. Todos a sus puestos. Alerta Cinco, repito Alerta Cinco.”
Alerta Cinco era lo último que cualquier habitante del sistema Samaruc podía esperarse, significaba: “Nave desconocida acercándose desde el exterior de la galaxia”.
Los tripulantes del Puente de mando estaban conectados a los controles a través de sus implantes neurales. Cada uno de ellos, incluida la capitana, reposaba firmemente sujeto a un sillón con un casco, a través del que la IA central de la nave mantenía contacto con sus sistemas nerviosos. A pesar de que prácticamente todas las operaciones se efectuaban en entorno virtual, una pantalla enorme presidía la sala, mostrando en esos momentos una imagen borrosa, ondulante, en la que se adivinaba una estructura extraña y oscura tras las interferencias y la estática.
Aunque la tripulación, como ya hemos dicho, se comunicaba a través de sus implantes, para hacer comprensible este relato obviaremos este dato a partir de aquí.
—¿Kahoku, qué es eso?—preguntó la capitana Yasashiku.
—Es una nave extraña, capitana —respondió el oficial científico—. Según los sensores de largo alcance, ha salido al espacio normal a cien años luz fuera de la galaxia.
—¿Qué rumbo lleva? —preguntó la capitana.
—Parece dirigirse hacia el planeta a velocidad ATL-9.
—Vamos a interceptarla —añadió Yasashiku—. Que el modelo experimental regrese inmediatamente y que despeguen los interceptores.
—Van demasiado rápidos señora —intervino la oficial piloto—. Si son hostiles llegaremos demasiado tarde para interceptarlos.
—Capitana, tenemos imagen de la nave intrusa —anunció el oficial científico Kahoku.
—Veámosla —ordenó la capitana.
La pantalla mostraba una recreación de la nave y datos telemétricos de la misma recogidos por los sensores: forma de dodecaedro, quinientos metros de diámetro, color negro, velocidad ATL-7.5. Aparentemente estaba frenando.
—¿Tiempo para interceptación? —preguntó la capitana.
—Si reduce a ATL-4, coincidiremos en… ¡Capitana, están cambiando de rumbo, vienen directamente hacia nosotros!
—¡Atención a escuadrilla de cazas, la nave intrusa viene hacia nosotros, preparados para intercepción! —Ordenó la capitana y añadió—: ¡Atención, caza experimental, regrese a la base inmediatamente!
—Capitana —informó el puesto táctico—, la Aguja está demasiado lejos, vienen de regreso pero no llegarán a tiempo.
—¡Atención, Delta-1 informando —sonó la voz del comandante Vlazor, al mando de la escuadra de cazas en misión de pruebas—, la nave enemiga despliega dos escuadrones de cazas!
—Delta-1, cubran la nave prototipo —ordenó la capitana—, es prioritario que no sufra daño y que no caiga en sus manos. Teniente Domínguez, evite el combate, es prioritario que regrese a la base.
—A la orden capitana —respondió la piloto de pruebas.
—Comandante Vlazor —prosiguió la capitana—, el prototipo no debe caer en manos del enemigo, repito, el prototipo no debe caer en manos del enemigo.
Hubo un breve silencio tras el cual la voz del comandante Vlazor sonó lúgubre:
—A la orden capitana, si es necesario, la destruiré personalmente.
El comandante sabía que su deber con el Imperio se encontraba antes que sus intereses personales por Eloyse. Si la situación se volvía apurada debía destruir el prototipo, pero ¿cómo, si era indestructible?
A partir de ese instante la acción se volvió trepidante. Un escuadrón de cazas enemigos atacó el crucero imperial, rodeándolo como un enjambre de moscas. Medio centenar de cazas giraban en torno a la Uróboros disparando sin cesar, mientras ésta se defendía con toda su artillería, pero a pesar de ello causaba pocas bajas.
A un millón de kilómetros de distancia, el escuadrón de cazas al mando del comandante Vlazor, combatía contra una docena de enemigos y al mismo tiempo intentaba proteger la Aguja.
Para los sentidos alterados de Eloyse, a los mandos del prototipo, la batalla era una experiencia única. Siguiendo las órdenes recibidas intentaba mantenerse al margen, pero tuvo que intervenir para compensar la superioridad numérica del enemigo. Tras destruir cinco atacantes, recibió de lleno un disparo. El fuselaje aguantó, pero el dolor que sintió Eloyse a través de los múltiples sensores que conectaban la superficie del casco de la nave con su sistema nervioso, la dejó paralizada, inerte, perdiendo la consciencia instantáneamente. Durante minutos que parecieron eternos, flotó a la deriva rodeada de la confusión del combate. Vlazor se dio cuenta de que algo malo sucedía e intentó comunicarse con ella, pero no contestó. A través de los sensores pudo comprobar que todavía seguía viva, pero no pudo llegar hasta ella.
En el crucero Uróboros la situación era desesperada, aquellos malditos cazas eran difíciles de destruir, pero para colmo de males la nave desconocida, crucero o lo que fuese, se dirigía hacia ellos. Desde su sillón de mando, la capitana Sonia Yasashiku, observaba impotente el masivo ataque a que estaba sometido su escuadrón de escolta. No podía enviarles ayuda, si a duras penas podía mantener indemne el crucero. De pronto, una descarga energética golpeó la zona de los motores. La nave enemiga estaba poderosamente armada y los había atacado desde una distancia insólita, dejándolos impotentes para saltar a hipervelocidad. Prácticamente todos los sistemas fallaron, los sensores quedaron ciegos, las luces se apagaron y la gravedad artificial dejó de funcionar. El crucero imperial, convertido en un cascarón inerte, quedó a la deriva. Los cazas atacantes se retiraron y la nave nodriza de desplazó hacia donde el escuadrón imperial defendía la Aguja. Estos, abrumados por la superioridad numérica del enemigo, no tuvieron ocasión de intentar siquiera destruir el prototipo. Vieron desesperados como éstos la rodeaban y la remolcaban. La llegada de la gran nave enemiga dispersó los cazas imperiales, huyendo de la potente artillería. Todos los cazas enemigos volvieron a su base, llevándose la Aguja con ellos. ¡Era a lo que habían venido! Pero, ¿de dónde?
A los mandos de su caza, el comandante Vlazor observaba impotente como el dodecaedro negro se preparaba para acelerar a hipervelocidad. Y entonces se le ocurrió una idea: aceleró tras ella, logrando acercarse lo suficiente para colocarse entre los cuatro motores que en ese momento comenzaban a emitir energía, logrando introducirse en la estela de la gigantesca nave.
Eran pocos los pilotos que se habían atrevido a realizar una maniobra tan arriesgada y había sobrevivido para contarlo. Al acelerar hasta casi la velocidad de la luz, las naves generaban una distorsión en el espacio, llamada “estela” o “la ola” en la jerga de los pilotos, donde era arrastrado todo lo que se hallaba en los alrededores de la nave. Si la nave que quería efectuar el viaje en la estela, no se mantenía en el punto álgido de la ola, igual que un surfista, la nave quedaría destruida o iría a parar algún punto ignoto del espacio.
El comandante Vlazor conocía todos los riesgos y se lo jugó todo a cara o cruz. Aceleró al máximo y entró en la estela. Mantuvo el control lo mejor que pudo en la ola de desplazamiento hiperlumínico, donde el tiempo se ralentiza, se alarga y se retuerce. Fue una experiencia agónica, pero al fin salió, junto con el inmenso dodecaedro. ¿Y ahora qué? ¿Lo atacaba él solo? Empezó a pensar que había hecho una tontería y quedó convencido de ello cuando un disparo dio de lleno en un costado de la nave, lanzándola a la deriva girando alocadamente sobre sí misma. El dodecaedro aceleró de nuevo y desapareció en los pliegues del espacio-tiempo.
Durante veinte horas permaneció Vlazor en la nave muerta, ingrávido, a oscuras y angustiado, no por su suerte sino por la de Eloyse. Sabía que lo único que le esperaba era una muerte lenta por asfixia, una agonía a la que no temía. No era la primera vez que se encontraba a la deriva. Cinco años atrás, durante un enfrentamiento con los piratas del cinturón de Gwualiing, su caza recibió el impacto de un torpedo y se quedó agarrado al pecio retorcido en que se había convertido su nave, solamente con la protección de su traje espacial. A punto de morir de asfixia había sido recogido por su nave nodriza. Pero esta vez todo estaba perdido, según sus cálculos podía encontrarse a cien años luz de cualquier lugar habitado. La resignación a morir dio paso a la sorpresa, cuando sintió que lo remolcaban.
5. Carguero Uisce beatha, en órbita alrededor del planeta Othila II.
—...y eso es todo —terminó de relatar el comandante Vlazor—. No le he ocultado nada. ¿Puede ayudarme... por favor?
—Marga cariño —dijo el capitán Read por toda respuesta—, ¿estás lista para continuar el viaje?
—Sí amor —respondió el ordenador—, cuando quieras.
—¿Has hecho los cálculos de trayectoria de la nave que destruyó la base imperial?
—Por supuesto, ¿por quién me tomas? La duda ofende.
El comandante Vlazor se desesperaba ante la cháchara inútil de su anfitrión con la computadora, aunque podía comprender que un tipo que vivía solo en su nave acabara por volverse loco. Pero si este loco le ayudaba a rescatar a Eloyse, él no era nadie para poner inconvenientes.
—La trayectoria más probable es hacia el sistema Tohuwabohu —continuó la computadora—, podemos llegar en dos días a velocidad ATL-7.
—¡El sistema Tohuwabohu es un enjambre de asteroides y planetoides! —exclamó el comandante imperial—. ¡Es un montón de basura estelar, no podremos encontrarlos!
—Confía en mí... ¿puedo llamarte Vlazor? —dijo Charly Read recostándose en su sillón—, al fin y al cabo vamos a trabajar juntos.
—De acuerdo, Charly —ya añadió el militar—. Estoy en tus manos. Cuéntame que planeas hacer cuando lleguemos.
—Pues verás... tú me has sido sincero y yo voy a serlo también. Espero que, si salimos de ésta, no serás tan desagradecido de aprovechar en beneficio del Imperio lo que hayas aprendido.
—Te pediría lo mismo, pero...
—Pero no confías en la palabra de un pirata, ¿cierto?
—Pues...
—¿Qué os creéis los imperiales? ¿Acaso tenéis derecho a controlarlo todo? —gritó Charly Read airado.
—Protegemos el Imperio, el comercio, la economía imperial,...
—¡Y un cuerno! —Lo interrumpió el supuesto pirata—. Si dejaseis comerciar libremente no habría escaramuzas en las fronteras. A los Throdwod o a los Kilpraty les beneficia la guerra tanto como a los humanos. Me refiero a los ciudadanos y a los comerciantes, no a los políticos ni a los militares, que sólo buscan el poder.
—¿Y los comerciantes no buscan el poder? —respondió Vlazor irónico—. ¿El poder económico?
—Sí claro, pero el poder económico no asola planetas, no masacra personas inocentes —replicó Charly—. ¿Sabes cuantas víctimas inocentes mueren en cada ataque del Imperio a las naves que vosotros llamáis piratas?
—Son delincuentes —afirmó Vlazor.
—No, no lo son. La mayoría viaja con sus familias. Viven en sus cargueros. Raras veces se limitan a hacer una ruta fija que les permita volver a casa a cenar.
—Hace diez años que salí de mi planeta natal, eso no es nada extraño para un militar.
—Un comerciante tiene que ir donde está el negocio, al igual que un militar va donde lo mandan —sentenció Read—. Pero el Imperio se empeña en monopolizar el comercio, y por lo tanto, todo el que no está con él está en su contra y es perseguido.
El comandante Vlazor nunca lo había visto desde ese punto de vista. Toda su vida había vivido para el Imperio. Sus padres y antes que ellos sus abuelos, lo habían servido fielmente. Por el Imperio había destruido cargueros piratas, posiblemente cargados con familias cuyo único delito había sido querer sobrevivir. Miró a ese hombre, al que había considerado un contrabandista hasta un momento antes, pero vio un ser humano que le había ayudado sin cuestionar nada, ni siquiera la posibilidad de que en alguna ocasión lo hubiese perseguido por algún sistema fronterizo. Se levantó y poniéndose firmes, se llevó la mano derecha al corazón y dijo:
—Capitán Read, le doy mi palabra de que, si sobrevivimos, no entablaré ninguna acción hostil contra usted.
—No esperaba menos —respondió Read conteniendo la risa y añadió dirigiéndose a la computadora—: Marga, cielo, ¿cómo van las reparaciones del caza del comandante?
El oficial imperial dio un respingo.
—Cuando lleguemos al sistema Tohuwabohu estará como nuevo —respondió la computadora—. Hay que ver lo provechosa que es la chatarra.
6. Caza experimental Aguja de Vorgórrigan, en el interior de una nave desconocida.
Cuando recobró la consciencia la teniente Eloyse Domínguez se encontró mareada y desorientada. Le dolía todo el cuerpo, pero no era dolor físico, el disparo recibido por la nave le había afectado los terminales nerviosos, provocándole una horrible agonía que le había hecho perder el conocimiento. Continuaba conectada a la Aguja, pero ya no estaba en el espacio. Antes de retomar el contacto consciente con la nave, a través del casco transparente, observó su entorno con sus ojos físicos. Estaba en un hangar enorme, iluminado tenuemente con una luz rojiza que no le permitía ver mucho. Dispositivos extraños rodeaban el prototipo, sujetándolo como las garras de un ave de presa sujetan a su víctima. Tanteó su entorno con los sensores conectados a su implante. Sintió que la temperatura de la atmósfera exterior era de 25º C, la humedad relativa del 50 %, en lugar de la presión atmosférica recibía la señal de “sensor averiado”. Fue comprobando, uno a uno todas las lecturas de los sensores, algunos estaban inactivos o averiados, otros daban medidas absurdas. Probablemente los aparatos adosados al casco neutralizaban algunos de ellos. Comprobó el estado de funcionamiento de los motores y no detectó anomalías. La integridad del casco era del 100%. No habían intentado sacarla de la nave. Tal vez la habían tomado por un componente biológico de la misma, pensó divertida, no se equivocaban en absoluto, sin ella tenían pocas posibilidades de que la hiciesen funcionar.
Pero su situación no tenía la menor gracia, estaba atrapada en una nave desconocida, probablemente el dodecaedro negro que los atacó. Esperaba que a Vlazor no le hubiese pasado nada, confiaba en él y sabía que haría lo imposible por sacarla de allí. ¡Qué optimista! Ni siquiera sabía si había sobrevivido al ataque, aunque tenía la corazonada de que así había sido.
Notó la familiar sensación de frenado, luego un cambio de rumbo, más tarde el crujido de anclajes de atraque. Algún tiempo después la Aguja comenzó a moverse, transportada en los soportes que la atenazaban. Unas enormes compuertas se abrieron ante ella.
7. Carguero Uisce beatha, rumbo al sistema Tohuwabohu.
—Entonces —decía el comandante Vlazor—, el sistema Tohuwabohu es una guarida de piratas.
—¡Qué fijación tienes con los piratas! —Replicó Charly Read—. Aunque tal vez esta vez tengas razón, es un sistema difícil de controlar, el sitio ideal para ocultarse. Esa nave en forma de dodecaedro pertenece a la Corporación Hiroshi, uno de los clanes mafiosos más poderosos de este sector del Imperio, encabezada por Yoshi Usagi.
—Nunca había oído hablar de ellos —dijo Vlazor—. ¿A qué se dedican?
—Lo clásico, juego, prostitución, contrabando, protección,... —Charly se encogió de hombros—. Creo que en esta ocasión alguien importante les ha encargado un trabajo. ¿A quién le interesa hacerse con el prototipo?
—No sé. Es un proyecto secreto bajo la tutela del pentarca Forest —Vlazor quedó un instante pensativo—. ¿Tal vez otro pentarca?
—El pentarca Forest dirige el sector del borde galáctico, el más tranquilo de todos, ya que no tiene frontera con los Kilpraty, ni los Throdwod, ni los Gwoolik —meditó un segundo—. ¡Claro, está muy claro!
—¿Qué está claro? —preguntó Vlazor frunciendo el ceño.
—Si el pentarca Meginher se aliase con los Kilpraty, podría expandir su territorio a costa de la República Throdwod.
—¿Y para qué querría el prototipo? —interrogó Vlazor como para sí mismo.
—¿Estudiaste estrategia en la academia imperial? —dijo Charly acabando de sorber su groc de forma ruidosa.
—Sí, por supuesto, pero... —dudó un momento—. ¡Ya lo comprendo! Para que los Kilpraty se avengan a firmar un tratado con otra potencia, ésta tiene que tener superioridad sobre ellos.
—Veo que estás al corriente de la política del Imperio —dijo Charly haciendo un gesto de aprobación—. Alguien se va a marcar un farol con tu prototipo.
—Pero eso no pueden haberlo planeado los cinco pentarcas —afirmó Vlazor y continuó—, si así fuese no tendría sentido robar la Aguja. ¿Quiere eso decir que hay una conjura de pentarcas o que Meginher es un traidor al Imperio?
—Yo me decanto por lo segundo —aclaró Charly—, nadie más parece ganar nada con eso, sólo el pentarca Meginher.
—¡A mí la política me importa un cuerno de rikuino salvaje! —exclamó Vlazor—. Tenemos que rescatar a Eloyse y recuperar la Aguja si es posible o destruirla.
—Está bien, te ayudaré, espero no tener que arrepentirme —respondió Charly levantándose y arrojando el frasco de groc al reciclador—. ¡Vamos, a trabajar comandante!
8. La estación Trommeleinheit
Llegaron al sistema Tohuwabohu. Como todos los sistemas binarios no tenía planetas habitables, pero la Corporación Hiroshi había construido la estación Trommeleinheit en órbita alrededor del mayor de los planetas, un gigante gaseoso rodeado de anillos y multitud de satélites de gran tamaño. En la inmensa estación de forma cilíndrica, del tamaño de una ciudad, se hallaba el centro financiero de la Corporación. En los muelles de carga, infinidad de naves entraban y salían continuamente. Siguiendo las indicaciones del control de tráfico, la Uisce beatha atracó.
En el control de entrada, Vlazor presentó la identificación falsificada que le proporcionó el Capitán Read. Bajo su nueva identidad de Growel Pavlinter, tripulante de segunda, se internó en la estación supuestamente en busca de diversión. Para no levantar sospechas, Charly inició la contratación de carga para su nave.
Tras un complicado viaje, usando lo que en otro lugar y otra época se hubiera llamado metro, el comandante Vlazor llegó una zona comercial bastante alejada del centro neurálgico de la estación. Aquella galería estaba flanqueada de tiendas y negocios de todo tipo. Los olores que emanaban los locales espesaban el aire, dando la sensación de que se podía cortar. Cuando el comandante llegó a dónde el capitán Read le había indicado, torció el gesto. Era una tienda de artículos de entretenimiento sexual. La puerta se abrió al acercarse y entró. En el interior un seamoniano de mirada inescrutable lo examinó con sus cuatro ojos, dos de ellos en la punta de unas gruesas antenas que sobresalían tras su cabeza. Mientras las antenas oscilaban estudiando atentamente al recién llegado, la imitación de una sonrisa humana contrajo el rostro alienígena.
—Buenas tardes, humano, bienvenido. ¿En qué puedo servirle? —Las palabras sonaron extrañas en una boca parecida a la de un batracio.
—Buenas tardes —dijo Vlazor—, un amigo me ha hablado muy bien de sus productos.
—Excelente, excelente —respondió el seamoniano colocando sus manos palmeadas sobre el mostrador—. ¿De qué es exactamente lo que desea? ¿Un estimulador neural? ¿Un vibrador clásico? ¿Un androide clase triple equis?
—Mi amigo me habló de un “retrucador esforcilado” —dijo Vlazor, a punto de echarse a reír ante la estúpida contraseña que le había dado Charly Read.
El seamoniano enderezó sus antenas y fijó los cuatro ojos en el humano que tenía delante. Lentamente se dio la vuelta y entró en la trastienda. Un instante después se asomó e hizo una seña a Vlazor para que lo siguiera.
Cuando el militar imperial salió de la tienda, llevaba una mochila repleta de suministros ilegales, que nunca pensó que se pudieran conseguir en una tienda de entretenimientos sexuales. Siguiendo las indicaciones del seamoniano volvió a cruzar el gigantesco cilindro de la estación. Se apeó del tren cerca de uno de los muelles de carga menos activos, pero que según su informador, era de uso exclusivo de la Corporación Hiroshi.
El comandante Vlazor, entró en un aseo público, abrió una rejilla de ventilación y se introdujo por ella. Siguió los sucios túneles de ventilación, abriendo barreras y neutralizando alarmas. Algunas horas después se asomaba por una trampilla cercana al techo de un hangar de aspecto descuidado. En el centro del recinto, rodeada de sofisticado equipo, se encontraba la Aguja de Vorgórrigan. De la mochila que le había proporcionado el seamoniano, sacó un visor infrarrojo y escudriñó todos los rincones del hangar. Sólo detectó una señal débil en el interior del prototipo. Estaba claro que fuera quien fuese quien había robado el caza, confiaba plenamente en la protección electrónica, no había guardias, ni humanos ni alienígenas. Aunque había colocado trampas y sistemas de seguridad por todo el hangar, pero no habían tenido en cuenta que intentara introducirse el mismísimo jefe de seguridad de la nave Uróboros. Vlazor, protegido por un sofisticado camuflaje electrónico, había neutralizado todas las barreras y había descendido hasta la misma nave.
El oficial imperial comprobó que el camuflaje electrónico personal estaba funcionando al cien por cien y salió por la trampilla hasta una cornisa estrecha y por ésta hasta una de las vigas del techo. Gateó por ella hasta encontrarse sobre la vertical del prototipo. Luego, enganchado a un cable de trillium —del grueso de un hilo de coser, pero tan fuerte como el acero—, descendió lentamente hasta situarse a tres metros sobre la nave, desde donde pudo distinguir la figura de Eloyse en el interior. Parecía encontrarse bien, lo estaba mirando y le sonreía.
No podría acceder al interior de la nave hasta que desarmase todos los sistemas de seguridad y liberase la mordaza que la aprisionaba. Hechas las comprobaciones oportunas, sacó un instrumento más de la mochila y haciendo un barrido frente a él con gesto concentrado, desactivó el campo de detección por proximidad. Luego descendió hasta ponerse en pie sobre el fuselaje del caza y se descolgó por el lateral hasta el suelo.
Eloyse lo perdió de vista tras la mordaza que aprisionaba el fuselaje. Unos minutos después oyó en su implante:
“Cariño, ¿te encuentras bien”.
La alegría la embargó y respondió:
“Hambrienta pero bien, lleva cuidado, estoy rodeada de trampas”.
Era innecesario decirlo, pero llevaba tanto tiempo sin comunicarse con alguien que necesitaba hablar. De nuevo oyó la transmisión de Vlazor:
“Voy a soltar la mordaza, en cuanto lo haga activa la energía y abre la escotilla, yo entonces entraré y saldremos por la puerta del hangar a toda velocidad”.
“Entendido —respondió ella—, pero la puerta está cerrada”.
“Para entonces no lo estará” —respondió Vlazor.
Dicho esto, un crujido restalló en el hangar y la mordaza se abrió como una almeja, liberando la nave. Eloyse activó la energía. La escotilla se abrió el tiempo justo para que Vlazor saltara dentro.
En ese instante la gigantesca puerta del hangar explotó. La atmósfera interior salió de forma explosiva por el boquete. En el prototipo no había donde sentarse, aparte del asiento del piloto, pero el comandante Vlazor se agarró como pudo. Eloyse aceleró los motores a toda potencia y sacó la nave. En los alrededores de la estación espacial, un tremendo caos de disparos, explosiones e ir y venir de naves, se desarrollaba a velocidad vertiginosa.
—Cariño, eso que veo ahí masacrando todo a su paso, ¿no es tu caza? —dijo Eloyse, asombrada—. ¿Quién la pilota?
—Sí, es mi viejo caza. Lo tripula una amiga —respondió Vlazor haciendo todo lo posible por no girar como una peonza a causa de la gravedad cero y la inercia de las maniobras evasivas
Efectivamente, el caza del comandante Vlazor, pilotado de forma suicida por un avatar de Margarita, la computadora de la nave Uisce beatha, ponía en jaque las defensas de la estación. En medio del ataque, un supuesto disparo errado había abierto la bodega donde se encontraba la Aguja de Vorgórrigan, haciendo que pareciese fortuito y dando tiempo para que los dos oficiales imperiales escapasen. Eloyse pilotó el prototipo sorteando la batalla que se desarrollaba en el exterior y alejándose de la estación rumbo al planeta.
—Vamos a pasar entre el anillo interior y la atmósfera —dijo Eloyse entusiasmada— utilizaremos la gravedad del planeta como una honda para salir lanzados fuera del sistema.
—Lo que tu hagas está bien hecho —contestó Vlazor agarrado de pies y manos al asiento de su compañera—, lo importante es salir de aquí.
—¿Y cómo se supone que vamos a escapar? —interrogó Eloyse—. Todavía no habían instalado los hipermotores. No podremos dar saltos ATL.
—No te preocupes —dijo el comandante—, todavía tengo un par de amigos ahí fuera, si no nos dejan en la estacada.
—No te puedo dejar solo —comentó ella—, enseguida empiezas a hacer amistades extrañas.
—Ni te imaginas lo extraños que son —respondió él.
—Por cierto, ¿esos que nos disparan son amigos tuyos? —dijo Eloyse maniobrando para esquivar los disparos energéticos que les pasaban rozando.
Vlazor miró las pantallas.
—Pues no. Si mis amigos no aparecen pronto…
Tres poderosas naves de la Corporación Hiroshi, armadas hasta los dientes, los perseguían disparándoles sin muchos miramientos, posiblemente ya no les interesaba vender el prototipo a nadie, sino ocultar su robo. Pero no les iba a resultar fácil destruir la pequeña nave. Algunos disparos energéticos los alcanzaron. Afortunadamente Eloyse ya no estaba conectada a los sensores externos. Durante su cautiverio le había dado tiempo a pensar mucho en ello y si volvía a ver al profesor Vorgórrigan, pensaba explicarle adecuadamente los efectos de su invento. De momento el vitridio aguantaba los impactos, pero no sabía si tendrían armas más potentes.
Ya estaban a punto de rebasar la luna más externa del gigante gaseoso, tras la que nada los protegería contra las naves de la corporación. Lo único que podrían hacer era utilizar el pequeño planeta como catapulta para aumentar la velocidad de nuevo. El corazón de Eloyse dio un vuelco cuando tras el planeta apareció una nave.
—¡Es Charly! —Exclamó Vlazor y su entusiasmo le hizo girar sobre sí mismo—. ¡Bendita sea su alma pirata!
—¿Es tu amigo? —interrogó Eloyse aliviada.
—Sí, Charly y Margarita, la computadora de la nave. Te van a gustar.
—Si nos sacan de aquí no lo dudes —añadió ella.
Pasaron ante la proa de la, aparentemente torpe, nave de carga y ésta se interpuso en la trayectoria de la persecución. Las naves de la corporación Hiroshi continuaron disparando, esperando que el carguero se apartase de su camino, pero éste cambió de rumbo y aceleró, persiguiendo al prototipo fugado. La maniobra fue espectacular, el carguero, acelerando a toda máquina, soltó la carga de contenedores que llevaba sobre la cubierta, creando momentáneamente un escudo entre él y sus perseguidores, que éstos no tendrían más remedio que intentar esquivar. Luego, acercándose vertiginosamente al caza experimental abrió la bodega de carga.
Eloyse y Vlazor suspiraron aliviados cuando el rayo tractor del carguero los introdujo en la bodega al tiempo que la nave saltaba a velocidad ATL-9.
9. Carguero Uisce beatha, en ruta hiperespacial.
—Según yo lo veo —decía Charly Read al comandante Vlazor y a la teniente Domínguez—, no podéis volver.
—¿Sugieres que desertemos? —Dijo Eloyse frunciendo el ceño—. ¿No nos quieres llevar hasta el sistema Samaruc?
—Mejor escúchalo, cariño —dijo Vlazor.
—Como decía —continuó Read—, la Base Imperial del sistema Othila no era fácil de destruir. Al fin y al cabo la nave de la Corporación no posee una tecnología más avanzada que las del Imperio, de lo que se deduce…
—Se deduce que hubo una traición —intervino Eloyse—. Y en el ataque a la Uróboros también, ¿cierto?
—Tuvo que haberla —continuó Read—. ¿Qué opciones creéis que tenéis?
—Le entregamos el prototipo en persona al Pentarca Forest —dijo Eloyse evaluando las variables disponibles—, y destapamos la conspiración.
—¿Y quién nos garantiza que Su Magnificencia no está también en la conspiración? —añadió Read.
—¿Por qué razón habría de estarlo? —Replicó Vlazor—. No lo termino de entender.
—Supongo que quieres decir que puede estar conspirando junto con Meginher —intervino Eloyse—, al fin y al cabo el proyecto Aguja estaba patrocinado por él.
—Tenéis todos los datos y no los veis —interrumpió la I.A.—. ¡Qué limitada es la mente humana!
—¿Pero que se ha creído esa…? —exclamó Eloyse airada.
—Déjala que hable —dijo Read—, Marga lleva más de doscientos años acumulando datos, especialmente datos históricos, son su pasatiempo.
—Exacto —añadió Marga—, si se me permite os lo aclararé.
—Adelante bonita —dijo Read.
—Como ya habéis deducido vosotros solos, es posible en un 93,5 %, que el pentarca Meginher quiera aliarse con los Kilpraty para poder repartirse el territorio de la República Throdwod. Pero eso a los demás pentarcas no les gustaría demasiado, ya que inclinaría la balanza de poder hacia uno de los cinco. Todo ello podría llevar a una guerra civil y al desmembramiento del Imperio —la I.A. hizo un alto en su discurso, para provocar un efecto dramático.