RESPONSABILIDAD
José Vicente
Ortuño
En
la cubierta de la carabela Santa María, Cristóbal Colón se abrió paso a codazos
entre los tripulantes que se agolpaban en la proa e intentaban comprobar si
Rodrigo decía la verdad o estaba borracho una vez más. Asomándose por la borda,
el Almirante escudriñó atentamente el horizonte con el catalejo. En la cofa de
la Pinta, Rodrigo de Triana seguía aullando como un poseso, reclamando a gritos
su recompensa. El Almirante, ignorando al marinero, observó el horizonte muy
serio. Al fin, lenta y dramáticamente, bajó el catalejo y elevando los ojos al
cielo rezó una plegaria. Detrás de él algunos marineros parecían orar, otros
simplemente callaban, pero todos suspiraron aliviados.
Sobre el promontorio que
dominaba la ensenada cercana a su aldea, el cacique Guacanagari, sujetando
firmemente su bastón de mando, observaba el horizonte con gesto digno y
orgulloso. Veía aproximarse las siluetas negras de las naves extranjeras, que
se recortaban contra el sol naciente. Aún estaban muy lejos y posiblemente
tardasen todo el día en llegar hasta la playa. El cacique pensó en los que las
tripulaban, que habían cruzando el inmenso mar durante más de dos lunas y
debían estar impacientes por pisar tierra. Procedían de tierras muy lejanas,
más allá del horizonte, a las cuales no se podría llegar con las canoas de que
disponía su pueblo. “Los árboles deben
ser gigantescos en aquel mundo lejano —pensó el cacique— para poder tallar canoas tan grandes”.
Estaba convencido de que poseían los secretos de una magia muy poderosa, y la
que les permitía utilizar los vientos para empujar sus naves era una muestra
pequeña de ella. El viajero le había
explicado que usaban enormes trozos de tela que, colgados de largos palos
clavados en las canoas, atrapaban los vientos y eran obligados a impulsar las
embarcaciones. Le había explicado muchas otras cosas.
El
misterioso viajero se había presentado de forma dramática, como los espíritus
de las historias que los chamanes narraban a la luz de la hoguera en las noches
sin luna. Pero Guacanagari no se sintió asustado ni se impresionó demasiado por
la aparición del forastero, pues lo tomó por un hombre. Las relaciones de
Guacanagari con Cahoniri, el chamán del poblado, nunca habían sido buenas a
causa de la incredulidad del cacique, quien se preguntaba por qué los dioses no
le hablaban a él, en lugar de hacerlo con ese chamán viejo y loco. ¿Tal vez sea —se preguntaba Guacanagari—
porque el brujo se pasa todo el día
matando aves, untándose el cuerpo con la sangre y danzando alrededor de una
hoguera, en la que quema hierbas y todo tipo de cosas repugnantes? Ni
siquiera conseguía que los dioses le hablasen cuando tomaba coba, durante los ritos sagrados; como
mucho tenía horrendas alucinaciones.
Se
acercaba el momento esperado; los guerreros estaban preparados y a punto de
culminar el trabajo que, durante las últimas lunas, había ocupado a todos los
habitantes de la isla. Al otro lado de la ensenada podía ver al cacique
Guarines al mando de los suyos, y sobre el escarpado promontorio a Cahonabo y
sus guerreros; todos aguardaban a que él diese la señal. Al lado de
Guacanagari, con el arco preparado, dispuesto a obedecer sus indicaciones,
estaba Guatiguaná, su hijo mayor, un gran guerrero que algún día ocuparía su
puesto.
Algunas noches
antes, el rostro enigmático de la luna despuntaba sobre las copas de los
árboles, abriéndose paso entre las innumerables estrellas del firmamento e
iluminando la selva con su luz plateada. Los habitantes del bohío de Guacanagari descansaban y el
sonido de sus respiraciones se mezclaba con el susurro de las hojas, los gritos
esporádicos de las bestias de la jungla y el crepitar de los últimos rescoldos
de las hogueras.
El
cacique de un bohío tiene que velar
por el bienestar y la seguridad de su pueblo. Por eso Guacanagari aprovechaba
las noches, cuando todo el mundo dormía, para hacer un repaso de los temas que
le preocupaban, intentando encontrar soluciones. Los chamanes dicen que hay que
seguir los dictados de los dioses y los espíritus, pero Guacanagari todavía no
había visto que ningún dios se paseara por los campos ayudando a crecer al
maíz. Además de pensar en los problemas cotidianos de la aldea, tumbado en su
hamaca a la puerta de su caney —su
choza de cacique—, aquella noche observaba el cielo estrellado por el que
cruzaba la luna llena, siempre intrigado por ese misterioso rostro colgado
entre las estrellas.
Súbitamente,
entre la negrura, apareció un potente destello. Durante una fracción de segundo
el inesperado brillo eclipsó las estrellas y la luna. Guacanagari,
sobresaltado, casi se cayó de la hamaca. La nueva luz, durante unos instantes,
colgó como una estrella más en el firmamento, pero luego, muy lentamente se
desplazó sobre la jungla, descendiendo hasta rozar las ramas más altas de los
árboles. Mientras se acercaba al poblado, la estrella fue aumentando de tamaño
hasta parecer tan grande como la misma luna. Ante la inusitada aparición, el
griterío de las bestias se incrementó; los monos y las aves, habitantes de la
jungla, alborotaron aterrorizados. Despacio, la misteriosa estrella se hundió
en la espesura.
Los
centinelas, alertados por la extraordinaria batahola que formaban los animales,
corrían de un lado a otro enarbolando sus mazas y escudriñando las sombras que
rodeaban la empalizada. Buscaban algún inesperado enemigo que intentase atacar
amparándose en la oscuridad. No esperaban que ninguna amenaza bajase de las
alturas y no vigilaban el cielo, por lo que no habían visto llegar la extraña
luz. La gente del poblado despertó con el ruido, salieron de las chozas y
corrieron interrogándose unos a otros, queriendo saber qué sucedía.
Guacanagari
bajó de su hamaca y cogiendo el bastón de mando, se dirigió hacia el límite del
poblado con andar decidido. La gente le abrió paso respetuosamente y guardaron silencio
a la espera de lo que pudiese decirles. Los centinelas, armas en mano,
señalaban excitados en dirección a la jungla. Calmándolos a todos con un gesto,
el cacique les ordenó que aguardasen allí y se dirigió hacia la espesura con
paso firme.
—¡No
vayas, Guacanagari, no vayas! ¡Espera que salga el sol! —Le rogaron los
centinelas temiendo por su seguridad. Algunos niños, asustados le gritaron—:
¡Quédate con nosotros!
—Los
espíritus dicen que no debes ir, Guacanagari —dijo Cahoniri, el chamán,
interponiéndose en su camino—. ¡No desafíes su voluntad!
El
cacique no supo si el viejo chamán se preocupaba por su seguridad o simplemente
le hacía la contra como era habitual en él. Pero fuera como fuese, no le hizo
el menor caso. Lo apartó de su camino bruscamente y continuó su avance,
ignorando las quejas de Cahoniri y fingiendo una seguridad que no tenía —sabía
que un cacique siempre tiene que parecer seguro de sí mismo, tal como le había
enseñado su padre—. Se internó en la selva en dirección a donde había visto
caer la estrella. Se abrió paso con lentitud, repitiéndose a sí mismo que no
debía temer, que era el cacique y no podía ceder al temor. Había sido testigo
de un portento fuera de lo común y sólo él podía hacerle frente.
Cuando
hubo recorrido una distancia equivalente a veinte tiros de flecha, vislumbró
entre el follaje un tenue resplandor azulado. Avanzó cautelosamente, pese a que
el temor le hacía temblar las piernas. Al fin, en un claro entre los árboles,
vio algo que lo hizo estremecer: brillando suavemente con un aura azulada había
un hombre. Era muy alto y de piel blanca. Llevaba el largo pelo rojo hasta los
hombros, ceñido a la frente con una cinta. Sus miembros se veían fuertes, como
los de cualquier guerrero que Guacanagari hubiese conocido, pero el cuerpo era
delgado y fibroso. Un taparrabos, también blanco, completaba su atuendo, pero
un extraño cinturón ceñía su cintura. Al cacique le pareció que estaba repleto
de adornos metálicos y extrañas joyas. El extraño permanecía de pie, con los
brazos cruzados, sobre una roca que sobresalía de la vegetación.
—Acércate,
no temas; te estaba esperando —dijo el hombre blanco en su idioma, haciéndole
un gesto para que se aproximara. Bajó de la roca y fue al encuentro del
cacique.
Al
asustado y confuso Guacanagari, la profunda voz del gigante blanco le pareció
el rugido de una fiera; casi tropezó con una raíz. Pensó que al fin un dios se
dignaba aparecérsele, pero a pesar de lo extraño de la situación, seguía sin
creer demasiado en los dioses y aunque su aspecto fuese imponente, el extraño
no dejaba de parecer un hombre como él. Llegó a cuatro pasos del forastero y se
detuvo. Para mirarle a la cara hubo de levantar la cabeza, era muy alto y
verdaderamente impresionante.
—¿Quién
eres? —preguntó, asombrado de su propia osadía—. ¿Eres un dios?
—No,
Guacanagari —el cacique dio un respingo al oír su nombre—, no soy un dios, sino
un hombre como tú. Un viajero que ha venido de muy lejos en el espacio y en el
tiempo para hablar contigo y mostrarte algo. Observa atentamente.
El
extranjero llevó la mano derecha al enjoyado cinturón y señaló hacia su
izquierda con el otro brazo. Entre los árboles, flotando en el aire, apareció
un agujero; como la ventana de una choza. El cacique se quedó sin resuello. A
través de la misma se veía la aldea, las chozas, la gente afanándose en sus
trabajos diarios. Todos parecían felices. Últimamente habían tenido buenas
cosechas y no les faltaba la comida, no tenían enfermedades, las mujeres parían
niños sanos y estaban en paz con sus vecinos. También se vio a sí mismo en su caney, tumbado en la hamaca,
abanicándose y espantando las moscas. Asombrado por la magia que estaba
presenciando, no se atrevió a hablar ni a moverse. Guacanagari, echándole
miradas de reojo al viajero, pudo ver que era observado muy atentamente. La
ventana mágica seguía mostrando el poblado: Cahoniri haciendo ofrendas a Yocahu
—su dios favorito—, las mujeres preparando la comida, los niños mayores
adiestrándose en el uso de las armas para ser guerreros, los más pequeños ayudando
a sus madres a recolectar frutos. Después vio los otros bohíos de la isla: el de Cahonabo, el de Marieni, el de Bohechio y
el de Guarines. También pudo observar algunos poblados de los salvajes caribes, en uno de los cuales estaban
devorando a algunos de sus enemigos, capturados en una de sus continuas
guerras. La imagen volvió a cambiar y como si viajara montado sobre un pájaro,
Guacanagari vio la imagen volar sobre la costa: hombres en piraguas que volvían
de pescar. En este punto desapareció la ventana.
—Como
ves, Guacanagari, te he mostrado tu isla y los pueblos que viven en ella —dijo
el viajero y calló, observándole con sus extraños ojos azules.
—¿Es
magia? —preguntó Guacanagari tremendamente asustado.
—Para
ti sí, amigo Guacanagari —le respondió sonriendo. Hizo una pausa, su rostro
volvió a su expresión seria, como si una sombra hubiese caído sobre él y
continuó—. Ahora voy a mostrarte lo que pasará dentro de veinte lunas —volvió a
extender el brazo y la imagen apareció otra vez, flotando en el aire.
Guacanagari
observó de nuevo asombrado:
Tres
extrañas canoas navegaban por el mar, una era enorme —casi tanto que en ella
cabría toda la gente del poblado—, otra algo menor y la tercera apenas mayor
que la canoa ceremonial de un cacique. Las tres, impulsadas por el viento —como
más tarde le explicaría el viajero—, se acercaban llenas de hombres de cara
pálida cubierta de pelo y el cuerpo envuelto en telas. Las naves llegaban cerca
de la costa. Las gentes del poblado salían a recibirlos con sus canoas. Por la
sorprendente ventana abierta en el aire, se podía ver de cerca a los peludos
hombres blancos, que se asemejaban a los espíritus malignos que los ancianos
describían en sus historias. Parecían recelar de la gente que se acercaba a
recibirlos, empuñaban extrañas armas y ello parecía hacerlos sentirse más
seguros. Sus rostros mostraban signos de enfermedad: estaban muy delgados,
tenían profundas ojeras y los ojos febriles.
La
imagen cambió y Guacanagari se vio a sí mismo en la playa, dando la bienvenida
a los extranjeros, a los que les ofrecían frutos y flores. Aquellos les
regalaban extraños presentes: collares hechos con piedras transparentes, telas
de muchos colores y objetos, que como el agua tranquila de una charca,
reflejaban la cara de las personas. Los hombres que venían del mar prestaban
especial atención a las mujeres, y estas, encantadas con los exóticos objetos,
los rodeaban esperando recibir más regalos.
La
imagen fue avanzando a saltos y Guacanagari comprendió que lo que veía era el
paso del tiempo. Los extranjeros se alojaban en su bohío, se comían las cosechas que tanto esfuerzo les habían costado
recolectar y copulaban con sus mujeres e hijas. Sus sucias costumbres invadían
la aldea, corrompiendo a sus habitantes. Pero al fin se marchaban, dejando a
algunos de ellos en un recinto que habían construido previamente, pero esos, al
poco tiempo morían de sus propias enfermedades. Más tarde, muchos habitantes
del poblado también fallecían, víctimas de las enfermedades que habían traído
los extranjeros.
—Eso
es lo que le pasará a tu pueblo en las próximas lunas, Guacanagari —dijo el
viajero, interrumpiendo con un gesto el movimiento de las imágenes—, ahora
verás lo que sucederá cuando vuelvan de nuevo los hombres de más allá del mar
—gesticuló otra vez y la gente que se veía por la ventana mágica, comenzó a
moverse de nuevo.
Volvieron
más embarcaciones, muy grandes y cargadas con muchos hombres, algunos de ellos
con vestidos relucientes y armas temibles que mataban de lejos con un trueno.
Trajeron unas enormes bestias sobre las que se trasladaban de un lado a otro.
Esas bestias atemorizaban enormemente a las gentes sencillas de la isla.
Acongojado,
Guacanagari vio como él mismo era expulsado de su caney, en cuyo interior los extranjeros instalaron a su dios. Un
dios extraño, ya que era la imagen de uno de aquellos forasteros, pero
torturado, herido, agonizante y clavado en dos troncos cruzados. Ante él
realizaban sus ritos y se postraban. Sus chamanes, obligaron a la gente de la
aldea a postrarse ante el dios agonizante. Por primera vez Guacanagari sintió
simpatía por el pobre Cahoniri, que fue golpeado y obligado a adorar al hombre
torturado. Si a Yocahu, el dios de Cahoniri —pensó riendo para sí—, se le
hubiese ocurrido visitar el poblado, también lo hubiesen obligado a adorarlo.
Pero
la sonrisa se borró de su rostro al ver que uno de aquellos hombres con traje
brillante, de forma injustificada y cruel, golpeaba a uno de sus hijos
pequeños. El niño cayó al suelo sin sentido, sangrando por la boca y la nariz.
Se vio a sí mismo lanzándose a defender al pequeño, pero el extranjero le
golpeaba con el puño y luego le atravesaba con su gran cuchillo. Así fue como
Guacanagari presenció su propia muerte: en el suelo, vomitando sangre con un
agujero en el pecho, presa de febriles convulsiones y estertores. Unos hombres
blancos lo ignoraron, otros se rieron de él y las gentes de la aldea, sus
propios amigos, huyeron atemorizados. Las siguientes imágenes que vio, con
lágrimas en los ojos, le convencieron de que aquellos malvados extranjeros no
traerían nada bueno a su pueblo, sólo enfermedad, violencia, miseria y muerte.
La
ventana mágica desapareció a un nuevo gesto del viajero, pero las imágenes
todavía estaban presentes en la memoria del cacique. Durante mucho tiempo
estuvo Guacanagari meditando, pues no sabía qué decir después de lo que había
visto.
El
viajero le miraba, todavía de pie con los brazos cruzados y los ojos brillando
en el resplandor azulado que lo envolvía. Entonces fue cuando verdaderamente
empezó a preguntarse quién era ese hombre, si era un hombre como decía o si por
el contrario era uno de esos espíritus de los que hablaba el viejo chamán.
—Si
como dices eres un hombre, ¿de dónde vienes? —le preguntó al fin.
—Llámame
Herbert, por favor —respondió sin vacilar—. Como ya te he dicho, soy un hombre
igual que tú, sólo que naceré dentro de muchas, muchísimas lunas, en la tierra
que hay más allá del mar; al otro lado del mundo. La misma tierra de donde
vendrán esos barcos.
—¿Aún
no has nacido, cómo puede ser eso? —preguntó de nuevo el cacique,
desconcertado.
—Es
difícil de explicar Guacanagari. He venido para cambiar el futuro, para evitar
que tu pueblo y otros pueblos como el tuyo sufran un destino que no merecen —su
mirada se entristeció—. Si quieres te ayudaré a evitar que sucedan los hechos
terribles que has presenciado.
—¿Pero
cómo podré evitar que lleguen las grandes canoas con hombres malvados?
—interrogó de nuevo el cacique—. Tienen armas terribles contra las que no
podemos hacer nada.
—Con
armas iguales a las suyas y que yo te enseñaré a construir —hizo de nuevo un
gesto con la mano y volvió a aparecer la ventana mágica—, mira atentamente.
Esta
vez lo que vio no era el pueblo, ni la isla, tal vez fuese el mundo de más allá
del mar. Las imágenes mostraban hombres que también tenían la cara llena de
pelos y el cuerpo cubierto de telas, cuero y metal. Manejaban cuchillos largos
de metal —como el que había visto que le iba a matar a él mismo— y lanzaban
flechas con fuego con arcos robustos. Arrojaban rocas a mucha distancia con
armas enormes construidas con troncos y también grandes flechas con arcos
gigantescos. Aquellas, ciertamente, eran armas poderosas. Cuando el hombre del
futuro hizo desaparecer la ventana mágica, le preguntó:
—Si
tú vienes de su misma tierra, ¿por qué quieres matarlos?
—Hace
muchos años —dijo con la mirada triste, dudando—, o mejor dicho dentro de
muchos años, descubriré la forma de viajar por el tiempo. Luego viajaré a
distintas épocas. Incluso llegaré a ver como el sol se apaga, consumido como
las brasas de una hoguera. Pero antes de eso, seré testigo de cómo el mundo
cambia. El mundo del que vengo es sucio, maligno y cruel. Ya no existen bosques
ni selvas, el agua del mar está envenenada y los peces han muerto. La gente
muere por falta de alimentos y agua limpia. El sol abrasa y las aguas venenosas
han cubierto las tierras más fértiles. Durante años busqué la forma de remediar
todos esos males y descubrí que, para que eso fuese posible, había que cambiar
el curso de la historia del mundo. Y solamente un hecho a lo largo de la
historia fue tan importante como para que, impidiéndolo, genere un cambio tan
radical. Por ese motivo he viajado a tu tiempo, antes de que lleguen los barcos
que darán un vuelco al progreso humano y con tu ayuda intentaré cambiar el
futuro.
—Entonces
te ayudaré a destruir las tres grandes canoas —añadió Guacanagari—. ¿Pero cómo
sabes que destruyéndolas tu mundo será mejor?
—No
lo sé, Guacanagari —respondió Herbert con tono cansado—, pero no será peor de
lo que es, te lo aseguro. —Hizo una pausa y tomó aire—. Nos encontraremos de
nuevo —continuó retomando su postura de brazos cruzados y su voz recuperó su
temple inicial—. Envía mensajeros a los otros caciques, que se reúnan contigo
en tu bohío. Cuando estéis todos
juntos os enseñaré como construir esas armas que has visto y cómo usarlas
contra los barcos —y diciendo eso desapareció, como si nunca hubiese estado
allí, dejándole solo en medio de la selva. Aún estuvo Guacanagari meditando
largo rato, sentado sobre la roca en la que se había aparecido el extraño
hombre blanco. Si lo que había presenciado era cierto, la vida en la isla iba a
cambiar rotundamente y él tenía la responsabilidad de evitarlo. El futuro de su
pueblo estaba en sus manos y no iba a defraudarlos. Pero ya debía de estar
amaneciendo y los guerreros habrían salido a buscarle; era hora de regresar.
Algunos días
después del encuentro con Herbert, el viajero del tiempo, Guacanagari había conseguido reunir, bajo el techo de su caney, a los demás caciques de la isla:
Cahonabo, Marieni, Bohechio y Guarines. Les contó como había encontrado al
extraño y parte de lo que éste le había dicho; como era de esperar no le
creyeron. El loco Cahoniri, que en mala hora había dejado entrar a la reunión,
invocaba a Yocahu y repetía sin cesar que un mal espíritu había entrado en el
cuerpo del cacique, haciéndole decir tonterías. Los ánimos se fueron caldeando,
Canoabo —uno de los caciques más poderosos—, se levantó irritado para marcharse,
pero en ese momento una enorme figura, saliendo de la nada, se interpuso entre
él y la puerta de la choza. Era el viajero del tiempo cuya cabeza casi rozaba
el techo de la misma. Canoabo se detuvo y al igual que los demás se quedó
sorprendido y boquiabierto.
—Siéntate
Canoabo, por favor —dijo el viajero indicándole el vacío donde éste había
estado sentado instantes antes—, me llamo Herbert, como Guacanagari os ha dicho
y vengo del futuro, escuchad lo que os tengo que decir.
El
viajero hizo el gesto que abría la ventana en el aire y ésta apareció al igual
que lo hizo en la selva. Algunas imágenes se repitieron, otras eran nuevas y
mostraban los horribles destinos de los caciques allí reunidos y sus familias.
No fue fácil convencerlos de que aquello iba a suceder; no todos eran tan
abiertos de mente como Guacanagari. Discutieron, pelearon, se amenazaron. Pero
Herbert no perdió la paciencia: contestó a sus preguntas y les mostró muchas
imágenes en su ventana mágica. Canoabo quiso asomarse a través de ella, pero se
dio de narices contra la pared de la choza. Las posteriores carcajadas no
lograron ocultar el miedo que sintieron al ver que Canoabo atravesaba las
imágenes mágicas. Al fin, tras toda la noche contemplando lo que pasaría en el
futuro cercano, los caciques quedaron convencidos.
En
noches posteriores los guerreros más hábiles en la construcción de armas se
reunieron en la choza de Guacanagari. Todos formaron un círculo, en el centro
del cual apareció el viajero del tiempo, como siempre emitiendo un brillo
azulado. Los guerreros retrocedieron asustados a pesar de que sabían lo que
iban a ver. El viajero, con un gesto, conjuró en el centro del círculo la
imagen de la isla y con un rayo de luz que salía de su mano fue señalando
distintas partes de la misma mientras explicaba:
—Aquí
está la aldea y aquí la ensenada a la cual llegarán los barcos extranjeros.
—Los asistentes asentían asombrados y asustados a la vez—. Por lo tanto
colocareis catapultas y ballestas sobre estos dos promontorios que la flanquean.
Aquí, aquí y aquí...
Continuó
la explicación, y aunque ninguno de los presentes comprendía cabalmente de qué
estaba hablando el extranjero, todos prestaban atención embelesados. Herbert
caminó alrededor de las imágenes conjuradas, enseñándoles cómo debían fabricar
las poderosas armas que les había mostrado. Solamente uno de los guerreros no
parecía interesado en la explicación, sino que seguía con la mirada las
evoluciones del extraño. Cuando éste pasó a su lado alargó la mano para tocarlo
y horrorizado vio como sus dedos atravesaban el cuerpo del viajero. Retiró la
mano gritando histérico. Un asustado murmullo recorrió el círculo.
—No
quería asustaros —dijo Herbert cuando se dio cuenta de lo que había pasado—.
Este cuerpo que veis es una imagen, igual que las que os estoy mostrando, mi
cuerpo auténtico se encuentra en la máquina con la que he viajado por el
tiempo, la que vio descender Guacanagari y que se encuentra lejos de aquí, en
un paraje inaccesible en el interior de la selva. Si así lo queréis os puedo
mostrar mi auténtico aspecto.
Se
llevó la mano al cinturón y la imagen del viajero del tiempo cambió. En su
lugar vieron la de un delgado anciano sentado en algo que no comprendieron, ya
que desconocían lo que era un sillón. El arrugado rostro de penetrantes ojos
azules y escasos cabellos blancos habló:
—Este
soy yo, amigos. Mi vida está próxima a su fin y sólo en contadas ocasiones
puedo salir de la máquina del tiempo. —El anciano movió un sarmentoso dedo y
las imágenes volvieron a aparecer, reanudando sus explicaciones como si nada
hubiese pasado.
Tal
vez el viajero del tiempo había calculado mal al presentarse como un poderoso
guerrero. Aquellas gentes respetaban la sabiduría de los ancianos; nunca habían
visto a un hombre que pareciese tan viejo. Desde ese momento la imagen
auténtica de Herbert permaneció en el caney
de Guacanagari, donde cualquiera podía ir a consultarle las dudas o problemas
que surgían.
Y
comenzó el trabajo. Era la primera vez que aquella gente emprendía un proyecto
conjunto, en el cual colaborasen los habitantes de todos los bohíos de la isla. Para la manufactura
de las armas cortaron árboles y lianas, afilaron muchas flechas y en otras
colocaron puntas de piedra. Se abrieron sendas y despejaron zonas de la selva.
Recogieron montones de rocas y se apilaron en las zonas altas, cerca de la
costa, al lado de las máquinas de guerra, como las llamaba el viajero; así se
prepararon para una guerra como nunca antes habían conocido.
Conforme
las máquinas de guerra iban siendo terminadas, las colocaron en los sitios
indicados por Herbert y luego las probaron: lanzaron rocas, arrojaron lanzas y
dispararon flechas. Prepararon canoas con guerreros que descargarían sus
flechas encendidas sobre los invasores y las ocultaron, cubiertas con maleza.
Los lanzadores de rocas —catapultas, les llamó el anciano—, enviaban piedras o
troncos en llamas a una considerable distancia. Aprendieron a calcular adonde
querían que cayesen los proyectiles y trazaron un plan para que no escapase
ninguno de los hombres blancos, que no llegase ninguno vivo a la playa. El
viajero del tiempo, desde el refugio en su máquina, veía todo lo que hacían y
su imagen los dirigía y aconsejaba desde la choza del cacique Guacanagari. Les
enseñó lo que él llamó táctica, que consistía en la forma de colocar las armas
y los hombres, y en como moverlos para atacar al enemigo. Pasaron las lunas y
llegó el día señalado.
Era la hora.
Todos los guerreros situados en sus puestos vieron acercarse las naves
extranjeras. Desde una alta atalaya rocosa sobre el promontorio que dominaba la
bahía, Guacanagari observaba como entraban los tres barcos en la ensenada.
Lentamente se detuvieron y recogieron las velas. Los hombres gritaban y corrían
de un lado a otro sobre las naves. El cacique se dio cuenta de que no eran
canoas talladas en un solo tronco, como creyó al principio, sino construidas
con muchos trozos de madera. Dejaron caer al agua lo que el anciano había
llamado las anclas, que inmovilizaron los barcos en el agua. Estaban al alcance
de las armas. Al contrario de lo mostrado en las imágenes mágicas, las canoas
de los nativos no salieron a recibir a los forasteros, pero las mujeres y los
niños, fingiendo entusiasmo, los saludaban desde la orilla. Los tripulantes de
los barcos gritaban excitados. Comida fresca y mujeres era lo que más deseaban
y en esa playa había de sobra.
Las
naves permanecieron inmóviles, a tiro de flecha de la costa, mecidas por las
suaves olas azules de la ensenada. Sus tripulantes se disponían a bajar
pequeñas embarcaciones para alcanzar la orilla.
Llegó
el momento: Guacanagari dio la orden y su hijo, que esperaba junto a él con su
arco preparado, encendió una flecha y apuntando al cielo la lanzó. El proyectil
flamígero cruzó sobre la bahía en una amplia parábola. Era la señal. Se
retiraron las ramas que habían ocultado las armas y comenzó el ataque.
Las
rocas, lanzadas por las poderosas catapultas, se elevaron en el aire y muchas
de ellas cayeron sobre los barcos, aplastando hombres e incrustándose en la
madera de las cubiertas o quebrando los mástiles. Cientos de canoas con
arqueros salieron de sus escondrijos y acercándose a la distancia adecuada,
rodearon los barcos y comenzaron a disparar flechas en llamas. Las velas y las
cuerdas comenzaron a arder. Los extranjeros corrieron sobre las naves
intentando huir, pero centenares de canoas los rodeaban y les arrojaban flechas
sin tregua, que zumbaban como ígneas abejas sobre ellos. Las catapultas
comenzaron a disparar troncos en llamas. En los barcos cundió el pánico. El menor
de los tres se hundió pronto, quebrado por las rocas que se habían abatido
sobre él. Los guerreros gritaban, aullaban fieros, embriagados por la victoria.
Los extranjeros se arrojaban al agua huyendo del fuego, pero eran rematados
desde las canoas a golpes de maza.
En la cubierta
de la Santa María cundía el desconcierto. Todos corrían de un lado a otro,
apagando los fuegos y disparando con arcabuces y pistolas a los salvajes que
les atacan despiadadamente. El almirante, herido en un brazo por la metralla de
uno de los proyectiles que había roto la arboladura, gritaba órdenes
desesperadas a sus hombres mientras se taponaba la herida con la mano sana.
—¡Arcabuceros!
¡Fuego, fuego a discreción! ¡No dejéis que suban a la nave! —un ígneo proyectil
alcanzó la cubierta—. ¡Apagad ese fuego!
—¡Almirante,
estamos rodeados! —gritaba el piloto mientras recargaba su arcabuz—. ¿Qué
hacemos señor?
—¡Resistir
hasta la muerte! —exclamó el almirante—. ¡Y que el Señor nos acoja!
Un
ensordecedor crujido se superpuso a la tremenda algarabía de la batalla. El
almirante Colón giró y asistió angustiado al triste espectáculo de la Niña
hundiéndose. Los pocos tripulantes que quedaban vivos saltaron al agua, pero
los salvajes los remataron, aullando triunfantes. Martín Alonso Yáñez Pinzón,
el capitán de la Pinta, intentaba maniobrar su nave, que milagrosamente aún
conservaba una vela desplegada e intacta. Sus hombres repelían el ataque como
podían y apagaban a duras penas los fuegos producidos por las flechas de fuego.
Pero una roca, lanzada por las catapultas enemigas, atravesó la cubierta y
abrió una vía de agua en el casco. Rodrigo de Triana ya no pedía su recompensa
por avistar tierra; con una espada en la mano, la cara cubierta de sangre y las
ropas desgarradas, luchaba por su vida evitando que los atacantes subieran a la
cubierta de la nave. Abrumado por el número cayó al fin con una flecha
atravesándole el cuello.
En
la Santa María el panorama no era mucho mejor. Los mástiles estaban en llamas,
la cubierta destrozada por los impactos de los proyectiles y llena de cadáveres
atravesados por flechas. Entre el humo, Colón observó como la Pinta, herida de
muerte, se hundía. Nadie saltó de la cubierta. Todos habían muerto ya. En el
castillo de popa, Cristóbal Colón y seis tripulantes resistían a duras penas,
pero uno tras otro fueron cayendo víctimas de las flechas. El almirante gritó
desesperado, maldiciendo al cielo por su suerte, mientras la nao se escoraba y
comenzaba a hundirse.
Los
supervivientes que flotaban entre de los restos fueron rematados. Algunos
extranjeros, desde el barco grande, todavía usaban las armas de fuego contra
los guerreros de las canoas y estos caían muertos como fulminados por un rayo.
Al fin, el barco ardió lleno de cadáveres: la lucha había durado menos de lo
que Guacanagari esperaba. Lentamente se consumió y poco a poco comenzó a
hundirse. El cacique observó al último superviviente, un hombre de pelo blanco,
que todavía en pie mientras su nave se hundía, gritaba desesperado alzando un
puño al cielo. Guacanagari comprendió entonces, que aquel hombre era el líder
de los extranjeros y admirado por su bravura, por primera en su vida vez rogó a
los dioses, por el alma de aquel valiente.
Ya
no quedaban extranjeros vivos, sólo los restos de sus barcos y los cadáveres
que flotaban en el agua azul de la ensenada, enturbiándola con la sangre.
Sobre
el promontorio, sujetando firmemente su bastón de mando, Guacanagari observó el
escenario de la batalla con gesto digno y orgulloso. La flota invasora había
sido vencida.
—¿Qué
he hecho? —sonó una voz cascada a sus espaldas—. ¿Y ahora qué pasará?
Guacanagari
se volvió y se enfrentó a Herbert, el viajero del tiempo, esta vez con su
auténtico y frágil cuerpo de anciano. Su figura flaca y encorvada, con los
hombros abatidos, parecía temblar. Surcos de lágrimas corrían por sus mejillas
arrugadas. Las manos sarmentosas temblaban. Visto así, a pesar de ser bastante
más alto que el cacique, ya no parecía impresionante.
—¿Te
arrepientes de lo que has hecho, viajero? —interrogó Guacanagari, altivo.
—Esto
no debió ser así —respondió el anciano tembloroso—, el flujo… el flujo del
tiempo tenía que haber cambiado. Yo… yo ya no debería estar aquí… y todo eso
—señaló las catapultas apostadas en las orillas de la ensenada—, no deberían...
Mis cálculos estaban equivocados.
—Esto
es lo que querías, ¿no es cierto? —añadió el cacique abarcando con un gesto de
su bastón toda la ensenada—. Lo hecho, hecho está y mi pueblo está a salvo.
—¡No!
—gritó Herbert, sonando como el graznido de una vieja ave de presa—. ¡No lo
comprendes! ¡Tengo que volver, tengo que saber que pasará! —se volvió para
marcharse—. ¡Intentaré arreglarlo!
—No,
extranjero —Guacanagari lo retuvo agarrándolo de un brazo—, no harás nada que
perjudique a mi pueblo.
—¡Déjame,
tengo que saber qué pasará! —Herbert intentó zafarse sin resultado. El anciano
forcejeó con el cacique, pero pese a su mayor envergadura, venció la juventud
de Guacanagari, que sujetó al anciano por los brazos y lo hizo caer de
rodillas, luego mirándolo frente a frente le habló escupiendo las palabras
lentamente:
—No
harás nada, anciano. —Las manos del viejo tantearon en los instrumentos que
colgaban en su cinturón, pero Guacanagari forcejeó impidiéndoselo—. No permitiré que vayas a ningún sitio.
Con
un rápido gesto el cacique sacó su cuchillo y cortó el cinturón del viajero,
que cayó al suelo con un ruido sordo.
—¿Qué
vas a hacer Guacanagari? No hagas una locura.
—La
locura sería dejarte marchar. Con estas armas somos invencibles —dijo
Guacanagari, exultante, sacudiendo el delgado cuerpo del anciano como para
darle énfasis a sus palabras—. Por muchos barcos extranjeros que lleguen,
¡siempre los venceremos!
Arrastró
al indefenso anciano hasta el borde rocoso del promontorio y continuó.
—Mira
eso —señaló a la gente de su pueblo, que poco a poco, recogían a sus muertos
caídos en el agua y los llevaban a la orilla—, mi pueblo tiene poder. Gracias a
ese poder someteremos a los caribes,
viajaremos a otras islas y las conquistaremos, nadie podrá hacernos daño. Y
algún día cruzaremos el gran mar y podremos enfrentarnos con esa gente —señaló
el lugar donde yacían las carabelas—, ¡de igual a igual!
—¡Por
favor Guacanagari, te lo suplico! —lloriqueó el anciano.
—Y
tú no podrás hacer nada —sentenció—. Soy el cacique y tengo la responsabilidad
de conducir a mi pueblo y velar por su bienestar. No permitiré que vuelvas a
cambiar el curso del tiempo.
Sin
esfuerzo aparente el cacique levantó al anciano, que apenas se mantuvo en pie
tembloroso. Observó la ensenada llena de gente, su pueblo. Respiró hondo y
luego, de improviso, empujó al anciano hacia el abismo. Lo último que vio el
viajero del tiempo antes de morir fue el rostro de Guacanagari, con una lágrima
resbalando por su mejilla.
© 2005 José Vicente Ortuño
Publicado en AXXÓN 152
- 2005 Julio
http://axxon.com.ar/axxon.htm
