Ofelia era pequeña, peluda,
suave; tan blanda por fuera, que se diría toda de algodón, que no lleva huesos.
Sólo los espejos de azabache de sus ojos eran duros cual dos pequeños
escarabajos de cristal negro.
Se llamaba
Ofelia, tenía seis meses de edad y era de color gris con unas bandas más
oscuras en el cuello. Era un simple hámster, sin embargo, poseía su propia
personalidad. Era un poco gruñona pero encantadora. Cuando me acercaba a su
jaula me miraba con sus ojillos negros y movía su graciosa naricilla rosada
haciendo oscilar sus bigotes, entonces, de alguna manera, me transmitía sus
deseos: “Quiero galletas”, “Quiero salir a pasear en la bola” o
“Sácame que quiero jugar”.
Durante sus
escasos seis meses de vida nos alegró con su mal genio y sus travesuras,
realizando a la perfección lo que mejor saben hacer esos adorables animalillos:
acaparar comida, comer, dormir y jugar.Hace unos días se puso enferma y empezó
a consumirse. Adelgazó hasta perder su adorable apariencia de bolita de pelo y
perdió las ganas de jugar. La llevamos a varios veterinarios que le
pronosticaron un tumor canceroso que acabaría con ella en pocos días. Una
intervención quirúrgica podría alargar su vida si el cáncer no estaba demasiado
extendido. El pasado miércoles la llevamos al veterinario para que la operase,
pero fue imposible extraerle el tumor, que ya afectaba a todo el sistema
digestivo, y hubo que dormirla para siempre.
Ofelia, siempre te recordaremos.
